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¡Asumiendo el lenguaje!

La seducción del mal es sutil, se cuela por las fisuras menos pensadas, se viste de normalidad, está en los grandes dispositivos de control, sin quedarse en ellos, los atraviesa hasta penetrarlos, tomando el control de las redes que lo sustentan. Pienso en la universidad y los universitarios.

La primera muestra de la fascinación por el poder y el control se produjo en el año 2012, momento en el cual no se realizaron las elecciones correspondientes de las autoridades universitarias que hoy cumplen 15 años mandando en una institución académica que debe tener como principio la autoridad y no el dominio o sometimiento de su comunidad. ¿Hay razones?

Puede haberlas, pero la pregunta es otra: ¿qué cambió desde el 2012 hasta ahora? Parece que la respuesta no es muy sencilla. A la universidad se le dominó, se le ahogó presupuestariamente. Violación de la autonomía financiera. Profesores, empleados, obreros, quedaron sin capacidad de poder subsistir con su salario y, al mismo tiempo, llevando en sus hombros el peso de una institución.

La universidad se mantiene como institución por su gente. Todas las instituciones públicas en Venezuela se mantienen en pie por las personas que ahí laboran: universidades, escuela, hospitales, etc. Pero mantenerse en pie no significa que permanezcan fieles a su propósito, a su naturaleza. Mantenerse en pie es más un testimonio de resistencia que de conservación de los fines para los cuales fueron creadas. Hasta el año 2019, estuvimos en aula en las universidades, con grandes deserciones estudiantiles y gran migración de docentes. Se comenzaron a sacrificar prácticas esenciales en una universidad: la investigación y la extensión. Acciones cada vez más reducidas.

Llegado el año 2020, se consagraron dos principios básicos de los sistemas con vocación totalitaria: el aislamiento y la inmovilidad. Ahora sí, nuestras aulas quedaron solas, improvisamos una educación a distancia que no es a distancia ni es nada, ese vacío permanece aún hoy.

La intervención financiera y la reducción del salario llevó a que la nómina fuera manejada por el Ministerio de Educación Superior, luego pasó al Sistema Patria. Todo este camino se ha hecho sin una reacción contundente de los que mandan en la universidad. Ellos han relativizado el mal.

Relativizar el mal es el peor camino que puede emprenderse cuando estamos siendo sometidos por un sistema que vive de nuestra eliminación. En estos quince años dejamos de ser una universidad, dejamos de ser autónoma, comenzamos solo a graduar estudiantes. Se asumió el lenguaje del opresor: hoy se nos llaman «trabajadores universitarios», no empleados ni profesores según nuestra tradición universitaria.

Esto lo digo, porque con sorpresa leí las felicitaciones a nuestros compañeros empleados universitarios, el día 19 de marzo, solo salvo algunas excepciones lo nombraron según la tradición, la mayoría los llamó «trabajadores universitarios» homogéneamente concebidos de este modo por el sistema de dominación chavista.

Asumir el lenguaje de la dominación es una barrera que al cruzarla deja la sensación de que la resistencia es solo un cascarón vacío. Este año sí habrá elecciones, y se harán porque ya se desmontó la universidad, se eliminó, poco importa qué parte del claustro vota y qué parte no vota. Total, ya ha sido sometida.

El sometimiento es un proceso gradual, empieza como lo hizo este: homologando acciones, ante la «reelección indefinida» se construye una permanencia en el poder de modo indefinido (los que mandan hoy están desde el 2008), quiebre de la alternancia, asunción del lenguaje del poder, luego todo el golpe institucional hasta cerrar con la ocupación del territorio.

La Universidad Central de Venezuela tiene ocupado su territorio en nombre del arreglo estructural y de la infraestructura, no sabemos la magnitud del daño patrimonial, ese será otro secreto de los tantos que se ocultan bajo la mirada cómplice de quienes hoy gobiernan o, mejor, mandan sin auctoritas en la Universidad. ¡Ojalá despertemos!

 

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Fuente: Efecto Cocuyo