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El daño antropológico o el poder de los sin poder (y II Parte)

¿En quién piensan cuando juzgan de daño antropológico? Daño antropológico nos lleva a un sujeto inservible o deteriorado, ¿quién es el dañado?, ¿el mundo popular?, ¿la clase media?, ¿los profesionales y el mundo de la sociedad civil?, ¿los políticos? Podemos decir que no se ha producido el quiebre, aunque sí se ha golpeado duro sus cimientos. El dilema no está en el sujeto popular, entre el daño y la ausencia de poder, está en el sector político que debe ser una vía de articulación de ese enorme tejido socio-comunitario que se niega a morir.

No hay dilema, porque son dos enunciados externos uno al otro. Como lo conversamos en la entrega pasada, es discutible hablar de daños a la condición humana, a eso se refiere cuando se habla de lo antropológico como el lugar del deterioro propiciado por el sistema de dominación. Golpes externos, fuertes, que van quedando, por lo pronto, en las esferas más superficiales de la vida de hombres y mujeres: en lo político y en lo económico.

Como Centro de Investigaciones Populares, nos preocupa mucho, las afirmaciones que nos colocan en el terreno de lo insoluble. En los determinismos socio-culturales y en las respuestas superfluas que suelen desprenderse luego de adelantar este grave diagnóstico.

De los teóricos cubanos, tomamos tres “daños” esenciales: Servilismo, miedo a la represión y al cambio; y ausencia de alternativas. Por cierto, visto desde el fondo, la argumentación de las tres características esenciales del daño se queda en la externalidad y no en las condiciones antropológicas que conduciría al quiebre interno del sujeto, de la persona, de la cultura.

“La migración duele a la familia, ese dolor produce frustración y rabia, motiva la lucha, mueve a la comunidad a enfrentar el dolor, puede ser un móvil interesante para el cambio; no genera resignación”

Esta aproximación cubana es grave, pero es mucho más grave como se viene conceptualizando en Venezuela, a partir de tres ejes: Quiebre de la identidad, la fragmentación como un hecho identitario que nos lleva al aislamiento, no territorial sino psicológico, sociológico y cultural; capaz de eliminar la base de la práctica antropológica como lo es la convivencia y la solidaridad y, en tercer lugar, eliminación de la memoria y ruptura de los vínculos con el entorno.

Esta definición precedente, quienes la enuncian, no la toman como una hipótesis de trabajo sino como una verdad irrefutable. ¿En quién piensan cuando juzgan de daño antropológico? Daño antropológico nos lleva a un sujeto inservible o deteriorado, ¿en qué consiste?, ¿quién es el dañado?, ¿el mundo popular?, ¿la clase media?, ¿las élites?, ¿los profesionales y el mundo de la sociedad civil?, ¿los políticos?

Se deja en el aire al sujeto, como una suerte de adivinación en la que se busca quién se adecúa a esas características, quién en su haber reproduce el daño, quienes han sido afectados de tal manera que ha quedado incapacitado para producir acciones coherentes.

“La crisis y la Emergencia Humanitaria Compleja vemos que han potenciado la solidaridad, en la comunidad y entre sectores sociales y económicos bien diferenciados”

¿Qué implica el quiebre de la identidad?, ¿qué significa que un sujeto no tenga identidad, que se haya desdibujado, que se haya quebrado? Lo primero es que deja de ser sujeto, sea cual sea. No tiene rasgos propios, nada que lo caracterice y defina. Sin identidad nos constituimos en objetos manipulables, sin criterios y sin posibilidad de emprender ningún camino de liberación y autodeterminación.

¿Quiénes, de los sujetos arriba mencionados, carece de identidad? No voy a partir de especulaciones, ubico el sujeto con quienes solemos investigar: el mundo popular integrado, también, por la clase media y profesional. Teniendo la pregunta como hipótesis de trabajo y no como verdad, lo que hemos encontrado es que la identidad, entendida, como aquellos rasgos propios que definen a la comunidad y sus individuos, su definición socio-antropológica, podemos decir que el venezolano, históricamente, es un homo convivalis cuyo modelo cultural de familia es la matricentradaEsa es la base de la identidad, eso no ha cambiado.

En este sentido: “La familia matricentrada va mucho más allá de ser un fenómeno social. Trasciende a lo antropológico; produce un homo, el que podríamos llamar, para seguir la costumbre de los antropólogos, el ‘homo venetiolanensis’. Lo defino como ‘homo convivalis’. En el término ‘convivalis’, quiero que resuenen todas las connotaciones del latino ‘convivium’ del ‘platónico symposion’, del castellano banquete y del venezolano sancocho. Dicho, pues, en términos más vernáculos viviente-en-madre sólo es ‘homo convivial’. El venezolano popular es, pues, un «convive»” (Moreno, 2008).

“Si hay memoria, identidad, lucha sin resignación, resistencia, tenemos potencia comunitaria, tenemos empuje y vínculo con todos aquellos que puedan ayudar a emprender caminos resilientes y de transformación”

Esto es un dato, un significado sobre la base en que se define la identidad. En nuestros trabajos de campo vemos que esta práctica y definición esencial del venezolano, es el soporte de la resistencia y el aguante de la cultura y la persona. Si por identidad situada vamos a entender esto, podemos decir que no se ha producido el quiebre, aunque sí se ha golpeado duro sus cimientos. La migración, por ejemplo, rompió la posibilidad del encuentro físico, del tocarnos, besarnos y abrazarnos como familia, pero poco a poco hemos conseguido vías de reacomodarnos en la distancia y, al mismo tiempo, se han convertido en un motivo de lucha, produce rabia, convirtiéndose en unos de los estímulos permanentes para dar la pelea. El gran sueño del venezolano es el reencuentro.

En la identidad hay integración, hay convivencia, hay solidaridad. Esta es la savia que circula por las venas comunitarias y del mundo popular. En sentido socio-antropológico no hay fragmentación, hay solidez, constancia, lucha. En este marco, hay fragmentación territorial, externa, no interna al sujeto ni a su mundo.

El aislamiento y la inmovilidad son correlato de la pobreza, en cuanto limita la capacidad de maniobra física, de trabajo, de búsqueda; pero potencia, al mismo tiempo, la convivencia. Fortalece los lazos de solidaridad cercanos. En la medida que nos limitamos a la comunidad inmediata eso fortalece los lazos de unión entre todos. Hay un reconocimiento permanente del otro, la familia se abre a la vecindad, lo extendido de las relaciones comunitarias marcan el camino que mitiga el hambre y desintegración familiar. La cultura se acomoda y da respuesta situadas a los problemas generados por el sistema político de dominación. En el año 2017 las familias sentían pena de recibir huéspedes porque no tenían alimentos que ofrecer, hoy el huésped lleva el alimento y lo comparte con la familia. La crisis y la Emergencia Humanitaria Compleja vemos que han potenciado la solidaridad, en la comunidad y entre sectores sociales y económicos bien diferenciados.

“El hecho de ser un grupo humano que no tiene poder no significa que esté dañado o deteriorado. No tiene poder, pero tiene potencia, posibilidad, dinamismo, aptitud, impulso para producir cambios”

Esto que describimos lo venimos encontrando de modo permanente en nuestras investigaciones, descubrimos que hay un fortalecimiento de la memoria de aquellos rasgos que nos identifican, lo que se perdió, como la democracia, está en la memoria; el joven, por ejemplo, que ya no lo vive da cuenta de la libertad por la historia familiar que la madre le ha trasmitido.

Si hay memoria, identidad, lucha sin resignación, resistencia, tenemos potencia comunitaria, tenemos empuje y vínculo con todos aquellos que puedan ayudar a emprender caminos resilientes y de transformación. La memoria que integra es la que se da en torno a la familia, a la vecindad, al convive, la que potencia autonomía y la autodeterminación.

El tejido comunitario y vecinal va dando respuestas solidarias. En más de un grupo focal vemos cómo avanza la Emergencia Humanitaria Compleja, pero también las respuestas situadas que le hacen frente. Vemos como los vecinos que reciben remesas, utilizan parte de ellas para la realización de ollas de comida para compartir con el más necesitado. No se resuelve el hambre, pero se muestra la identidad, memoria, convivencia, lucha, que nos han definido como pueblo.

“El gran sueño del venezolano es el reencuentro”

En medio del hambre, de las vivencias límites, esta experiencia que se trasmite en un grupo focal es fundamental: “En estos días, Mirla, yo tuve una experiencia. Un vecino que está ahorita afuera le transfirió a su mamá y la señora compró un sancocho y se hizo una olla comunitaria. Dios… yo participé de esa olla comunitaria y vimos personas del sector y fuera del sector que salieron a buscar comida…”.

Interpretemos este relato. Varios problemas: La migración y el hambre, ambos son elementos que atentan contra la comunidad y la persona. El hambre humilla, mata, es insoluble cuando no se tienen los recursos ni el trabajo, y cuando tenemos comunidades empobrecidas.

La migración duele a la familia, ese dolor produce frustración y rabia, motiva la lucha, mueve a la comunidad a enfrentar el dolor, puede ser un móvil interesante para el cambio; no genera resignación. La otra cara es la transferencia monetaria que ayuda no solo a la familia sino a la comunidad. La mamá destinó parte de ese dinero transferido y compró los materiales para el sancocho. Eso se llama solidaridad, apoyo mutuo. Se comparte lo mucho o lo poco que se tiene. Esa solidaridad no solo ayuda al otro, es un modo de organización, constituye uno de los tantos nudos que tejen la red socio-comunitaria que no solo hace que perviva, sino que puede ser una de las tantas maneras de resistencia activa con vocación de poder.

El hecho de ser un grupo humano que no tiene poder no significa que esté dañado o deteriorado. No tiene poder, pero tiene potencia, posibilidad, dinamismo, aptitud, impulso para producir cambios. El dilema no está en el sujeto popular, entre el daño y la ausencia de poder, está en el sector político que debe ser una vía de articulación de ese enorme tejido socio-comunitario que se niega a morir.

*La publicación original en La Gran Aldea/opinión: ¿La resistencia ciudadana organizada puede propiciar un cambio político en Venezuela? – La Gran Aldea 

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