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Comprender la diáspora

  Hasta hace poco cuando se hablaba de diáspora nos referíamos a la dispersión del pueblo hebreo después de la total conquista de Jerusalén por los romanos. La palabra ha venido adquiriendo como significado, después, la obligada expulsión de su propia tierra y la consiguiente diseminación por todas las naciones del planeta, de quienes tuvieron una patria común y fueron obligados a perderla. Algunos totalmente, como los citados hebreos, otros en grupos numerosos. Esta última es nuestra actual situación. Así, la población de Venezuela queda dividida en dos grandes bloques: el de los que tuvieron obligadamente, por necesidad producida desde fuera y contra su voluntad, que abandonar el país y el de los que nos quedamos todavía en él. Una experiencia totalmente nueva en los quinientos años de historia y doscientos de patria independiente que aquí se han vivido. Por el hecho mismo de ser novedad, y novedad inédita y obligada, no hemos logrado darle sentido, esto es, comprender e integrar en una experiencia razonada, afectivamente sentida e integralmente significada, la vivencia. Las dos experiencias, la del que sale como expatriado a vivir necesariamente con quienes tienen otra forma de vida, otros afectos, otras representaciones del mundo y de la realidad, otros paisajes y otros tiempos, incluso si se expresan en nuestra misma lengua, pero más diverso aún si hablan otro idioma, y la de quienes viven como un dolorosísimo desgarramiento la ausencia de los que estuvieron siempre no solo a nuestro lado, sino profundamente adheridos a lo más hondo de nuestra propia vida. Es una tragedia demasiadas veces vivida en silencio. Una y otra experiencia nos desquicia lo más vital de nuestras entrañas. No sabemos en qué sistema de imágenes, de conceptos, de figuras y de emociones encuadrarlas para que sean comprendidas con algo de normalidad, esto es, dentro de algunas reglas conocidas. Para ubicar adecuadamente el quicio de la realidad actual, hemos de tener en cuenta, sobre todo, que en esto no se trata de culpas personales de nadie, ni de desapego, egoísmo, alocadas pretensiones o cualquier otra irreflexiva decisión, en los que se van o ya se fueron, ni de cobardía, terquedad o ingenua esperanza en los que se quedan. Uno solo es el culpable, este sistema inhumano de violenta e inevitable coerción que no deja a nadie la libertad de decidir de otra manera. En este contexto de terrible y duro encarcelamiento de nuestra voluntad hallaremos el sentido de lo que padecemos y estaremos en condiciones de reaccionar y liberarnos. ciporama@gmail.com

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Caos

  La oposición al régimen demasiadas veces está centrada en la persona del presidente, como si eso fuera lo determinante. No parece comprenderse que no se trata de personas. De personas también, por cierto, pero no son ellas lo determinante, lo decisivo, de modo que, saliendo de ciertas figuras, de los nombres más significativos que aparecen como quienes deciden los destinos del país en este preciso momento histórico, no se solucionarán los problemas de miseria, de inhumanidad y de opresión violenta e implacable que padecemos. Nuestro problema, en profundidad, no es de personas sino de sistema. Entendámonos. Sistema es una totalidad de vida, pero de vida en su sentido más profundo, un modo de concebir y hacer la vida real de los seres humanos. Si esta totalidad se logra establecer en toda forma de existencia humana, se habrá completado el sistema. Esta revolución es eso lo que busca, lo que desea, lo que planifica y lo que está poniendo seriamente en marcha. Por eso, por la totalidad absoluta del concepto de la existencia humana, la revolución nace y renace, surge y resurge, revive y resucita constantemente en la historia. Fracasa y vuelve a fracasar, pero cuando eso sucede en un lugar, encuentra las condiciones para resurgir en otro. Y las encontrará siempre. No podemos esperar que desaparezca algún día. Por lo menos no es previsible su desaparición en un tiempo preciso y próximo. Por esta pretensión de buscar y provocar una forma de existencia, una forma de estar en el mundo, totalmente otra, sin relación ninguna con lo existente, lo primero que produce es el caos. Pero ese caos no suele durar. Es prontamente sustituido por la tiranía total que pone orden en las almas y en los cuerpos. En las almas, sí, porque la revolución llega a formar parte de los entresijos más íntimos de los espíritus. Esa es por lo menos su pretensión, su proyecto y, a veces, su logro. En nuestro caso, aquí, sí están implicadas las personas concretas dada su incapacidad de poner orden y superar el caos, cosa que lo hace tan terriblemente prolongado. Su error ha sido dejarlo libre, dejar que se produzca por su cuenta. En esto ya hemos llegado al caos casi total en todo y le va a resultar imposible tanto al sistema como a las personas superarlo. Este estado de caos general es su debilidad. Nos abre puertas no solo a la esperanza sino a la seguridad. Mientras el caos campa por sus respetos, ayudemos a poner fortaleza en los espíritus, en la profundidad de las almas, con la fe, la esperanza y el amor a la vida y a los hermanos. Será nuestro triunfo. ciporama@gmail.com

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¿En quién confiaremos?

  Si algo hemos perdido, entre infinidad de cosas esenciales para la vida, en estos veinte años en Venezuela, ha sido la confianza. Por donde dirijamos la vista a nuestro derredor solo hallaremos duda, angustia instalada, oscuridad de futuro. La seguridad no está en Venezuela, está en otro lugar. ¿Cuál es ese lugar? Quizás en un país extraño. Mas no siempre se consigue. Puede ser peor aún la situación. Hasta de muerte. ¿Eso es lo que busca el régimen? ¿Que no hallemos en quién confiar ni dentro ni fuera? ¿Que un buen número de la población desaparezca, sea engullido por el abismo? ¿Nos abocamos a eso? No sería la primera vez en la historia. Este sistema de regímenes tiene larga y abundante experiencia en abismos abiertos y engullentes. Abismos deliberada y decididamente buscados y ejecutados. Abismos en los que demasiados millones de hambrientos y enfermos curables han desaparecido durante el último siglo. Por lo que vemos, sentimos y experimentamos, es lo que parece querer el sistema político-social que nos ahoga. Dos vías de escape nos deja nada más: la emigración dolorosa, insegura, aleatoria, y la muerte lenta o rápida por hambre, enfermedad o violencia. El régimen parece tener necesidad de disminuir drásticamente la población. Ya solo por la emigración lo ha logrado en por lo menos cuatro millones; por hambre y enfermedad no se pueden contar los decesos; no puede haber estadística. Y no es que quiera dar a entender lo contrario hablando de pocetas sucias. No es que le duela que la población se ausente, es que eso muestra al mundo su propia miseria. Hoy no hay cortinas de hierro tan espesas que resulten opacas. ¿Adónde volveremos nuestra mirada? No hay mesías a la vista. Estamos solos. Nuestro pueblo tiene que volverse sobre sí mismo y hallar en su compacta unidad la fuerza que lo haga invencible. Nuestro pueblo está unido en anhelo, en esperanza y en decisión, pero necesita encontrar el nudo de cohesión. ¿Quién cumplirá ese indispensable papel? Los políticos no lo harán. Solo aparece a la vista una comunidad firme, unida y decidida; pero a ella no le toca. No es lo suyo. Hablo de la Iglesia, pueblo y pastores. ¿Nos dirigiremos a ella? ¿Le pediremos que, dejando de lado su finalidad propia, la definidamente religiosa, sin negarla, y a partir del amor a todos los hombres que tiene por obligación y misión, encabece clara y abiertamente la unidad de todo el pueblo ya que ningún otro está dispuesto a hacerlo y es de vida o muerte? ¿Que pase de los claros y valientes discursos a la acción comprometida? ciporama@gmail.com

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Dios mío, ¿por qué nos abandonas?

  Son estas, las de este título, puestas en plural, las primeras palabras del salmo 22 que Jesús reza colgado de la cruz. Llegada la Pascua de Resurrección, está viva la esperanza. No hay razones para desesperar. Por eso podemos meditar repitiendo el grito angustioso de Jesús. Jesús reza. Y reza como lo hacía todo buen judío, recitando un salmo. Es la angustiosa y casi desesperada oración del inocente perseguido, rodeado de enemigos que quieren su muerte y que sin embargo desde ese abismo confía en Dios, en un acto de pura fe que es plenitud de confianza. Nuestra pasión dura todavía en este país. La Pascua es firme promesa y por eso esperanza. El salmo profetiza los sufrimientos del Mesías, que tendrá que apurar toda la amargura de la humanidad sufriente pero también su entrega plena a ese Dios cuyo abandono no entiende. Abandono que tampoco nosotros entendemos. Las primeras palabras de ese salmo son las de un hombre desesperado en el momento del supremo dolor ante un Dios que no responde a ese grito del alma y del cuerpo. La humanidad toda de Jesús está sumergida en el sufrimiento. Sin embargo, desde las tinieblas del abandono, Jesús confía en Él porque sabe muy bien, por experiencia propia, que ese Dios “no ha sentido desprecio ni repugnancia hacia el pobre desgraciado, no le ha escondido su rostro”. El Nazareno que carga con la cruz, y nosotros, sabemos que “nos dará vida”. Los venezolanos de hoy, hermanados en el dolor y en la muerte injusta, sufrimos como Jesús el padecimiento de ser víctimas inocentes de una violencia desenfrenada. Somos hambreados en carne propia, inicuamente encarcelados, arbitrariamente asesinados, sometidos a angustias insoportables. El salmo es también un grito de protesta. Protesta contra la violencia que convierte en víctima al inocente. Nos resuenan en sus palabras los gemidos de los torturados, de los heridos en su cuerpo y en su espíritu, de los violentados en sus más elementales derechos. A Jesús el Padre le dejó sufrir hasta lo último la muerte para luego darle la plenitud de la vida en la Resurrección. No lo abandonó, sino que lo resucitó. Esta es nuestra última certeza base de nuestra esperanza. Más allá de todos nuestros sufrimientos, de todas nuestras horas de angustia y desesperación, Dios nos acompaña aunque parezca que nos abandona. Siempre responde a nuestra súplica si bien no sepamos cómo lo hará. Ni del mal, ni de los malos, es la última palabra. Nunca lo ha sido. No tenemos motivos para perder la esperanza. La resurrección también en este mundo, y no solo en el otro, nos espera.

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Sin fundamento

  Nos resulta muy difícil comprender la situación real por la que estamos transitando en la Venezuela de hoy. No encontramos un piso suficientemente sólido sobre el cual poner nuestros pies. Todo se vuelve inestable. Todo lo que hemos construido como civilización está en jaque. Desde el neolítico nos hemos venido alimentando de la agricultura y la domesticación de las bestias. Hoy, ni el cultivo de las plantas ni el cuidado de los animales satisfacen nuestras más elementales necesidades. ¿Volveremos a la recolección? Si los recursos que nos han mantenido vivos desde la prehistoria no nos dan ninguna seguridad, mucho menos los productos de la técnica aprovechados desde hace siglos. La electricidad, sin la cual, ninguno de nuestros instrumentos indispensables ya para la vida puede funcionar va cada vez más aceleradamente dejando de hacerlo. Sentimos que puede llegar el momento en el que desaparezca simplemente de nuestra experiencia cotidiana o solo sea utilizable por momentos inciertos y aleatorios. Sabemos por experiencia vivida que todo lo que ha sido parte indispensable de nuestra existencia hace ya tiempo que se ha ido alejando de nuestro acceso, que todo aquello con lo que seguramente contábamos, ya no es indudable. La inseguridad se ha instalado en nuestra normalidad. Si esto ha venido sucediendo con los instrumentos materiales, hasta ahora pensados como indispensables para reconocernos como seres humanos civilizados, o sea, independientes de los azares de la naturaleza, lo mismo y aun peor, ha acontecido y sigue aconteciendo con las instituciones creadas por nosotros para proveernos de una convivencia pacífica y confiada. Esta ya ha desaparecido en gran parte, sigue desapareciendo aceleradamente y amenaza su total destrucción para el futuro. No se avizora una nueva forma posible de organización social que nos dé confianza de que podamos lograr una vida humanamente serena y libre de agresión y violencia. No logramos, por más vueltas que le damos al pensamiento, acertar con el origen y la persistencia de nuestro mal. Estamos con la muerte al alcance de la mano. Nos toca, sí nos toca, reaccionar con todas nuestras fuerzas y todos nuestros recursos reforzando lo más profundamente humano que nos queda y que no podrá nadie destruir: nuestra relación profunda en humanidad. La relación vivida de unos con otros, el fortalecimiento de todo lo que nos acerca y nos hace uno, descartando firmemente el aislamiento individualista, lo que el régimen procura con todo su poder y violencia. “Ámense los unos a los otros”. ciporama@gmail.com

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Unión

  Ajuntamiento, “que quiere dezir aiuntamiento debaxo”. Así aparece esta palabra en la primera gramática castellana (Nebrija, 1492). Ajuntamiento de abajo a arriba, de arriba a abajo, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de afuera adentro, de adentro a fuera, en todas las direcciones y en todos los sentidos es lo que necesitamos ahora para que juntos, y solo juntos, podamos hacer verdaderamente frente a esta desgracia, este caos, esta inenarrable opresión, esta destrucción arrasadora, esta horrenda tiranía de malandros convertidos en ejecutores de todo el poder del mal que estamos padeciendo. Su sinónima, “ayuntamiento”, es mucho más antigua y siempre existió en nuestra lengua, proveniente del latín adiuntare. En tiempo de graves problemas que afectan a toda la existencia de una comunidad, de un pueblo, de una nación, cuanto contribuya al “ajuntamiento” compacto de todas las personas, de todos quienes sufren, de todos los que quieren superar sus insoportables padecimientos, es de necesidad absoluta, de perentoria y existencial determinación. Los venezolanos que hoy queremos definitivamente sobrevivir podemos pensar de muy distintas maneras, podemos tener muy variados proyectos, incluso contradictorios, pero si queremos vivir como seres humanos, tenemos que dejar todas esas diferencias, hasta vitales, para coincidir en una sola cosa que va más allá de todos nuestros desencuentros: la conformación de una unión fuera de toda disputa, fuera de todos nuestros egoísmos, fuera de todos nuestros intereses por muy justos y razonables que sean. Ahora sí es ineludible estar juntos en un fin único: salir definitivamente y pronto de este régimen criminal que no va a abandonar nunca por su propia cuenta su proyecto de destrucción absoluta de todo lo que no entre sin discusión ninguna en su forma de concebir la realidad total, no solo económica, no solo social, no solo cultural, a la que todos en su intención rígidamente planificada tendríamos que someternos. Este régimen está construido sobre una violencia tal que no la podemos eludir. No hay un solo resquicio de paz en él. El dilema votar o no votar en las próximas elecciones es ya un dilema violento impuesto por él. Lo importante es no caer en el dilema sino ir más allá, a la unión, a ejercer juntos lo que juntos optamos por decidir contra viento y marea. No hay razón ni justificación alguna para votar. Por eso alabamos la decisión mayoritaria de la población. No ir. Lo que se mantendrá en pie, contra todo, y como esperanza para un futuro, será nuestro ajuntamiento. ciporama@gmail.com

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Un encuentro con la obra de Alberto Rosales

Recuerdo haber tenido noticia del nombre de Alberto Rosales, por primera vez, a tra­vés del inolvidable maestro que fue Adolfo Carpio, profesor de “Introducción a la Filoso­fía” y “Metafísica” en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Fue seguramente hacia fines de los años 70 o comienzos de los 80. Brillante docente, Carpio se caracterizaba, ade­más de su proverbial rigurosidad y su imponente dominio del canon de la tradición filosófica, también por su instintivo recelo frente a toda forma superficial de erudición y, a una con ello, por su tajante rechazo frente a toda especie de vanidad exhibicionista, muy pro­bable­men­te, pienso, porque veía en ellas concreciones particularmente penosas de lo que en Ser y tiempo Heidegger designa como la “habladuría” (Gerede) y la “escribiduría” (Ge­­schrei­be). De hecho, era po­co frecuente que, más allá de los gran­des filó­so­fos tra­ta­dos en sus clases, Car­pio citara autores de estudios que perte­ne­cen a la llamada “literatura se­cun­da­ria”. Y si lo hacía, solía limitarse a lo que consideraba más importante, más sólido y, sobre todo, más claro. Por lo mismo, cuando Carpio mencionaba un autor, un colega o un estudio digno de consulta, la recomendación adquiría un particular re­alce. Por su inha­bi­­tual recurrencia, recuerdo, entre las referidas a quienes formaban parte del mismo ám­bi­to cultural y lingüístico, las menciones elogiosas de su maestro Fran­cisco Romero y su colega Roberto Walton, y también las de dos es­tudiosos cuyos nom­bres evocaban lati­tu­des norteñas bastante remotas para quienes vi­vía­mos en el ex­tremo sur del mun­do, el co­lombiano Danilo Cruz Vélez y el venezolano Alberto Ro­sa­les. Yo era entonces un simple estudiante de grado, tan entusiasta como desinformado, de modo que esos nombres se me aparecían entornados de un cierto halo de misterio. En el ca­so de Cruz Vé­lez, su reconocido libro titulado Filosofía sin supuestos. De Husserl a Hei­degger, publicado en 1970, se hallaba más al alcance de la mano. No así, en cambio, la importante y, en cierto modo, pionera obra de Rosales sobre Heidegger, publicada tam­bién en 1970, la cual, para peor, es­taba escrita en alemán. Su título Transzendenz und Dif­­­ferenz aparecía citado en la es­cue­­ta bi­blio­grafía añadida al final del excelente capítulo que Carpio dedica a Heidegger en su obra de referencia titulada Principios de filosofía. Una introducción a su problemá­tica (Buenos Aires 1974, 21995, con nu­me­ro­sas reim­pre­­siones). A continuación de la cita de la obra, Carpio añade el siguiente comentario: “Tesis de doc­­­torado en la Universidad de Co­lo­­nia de un notable estudioso venezolano; se trata de un profundo estudio de Ser y tiempo y demás obras del mismo período a la luz del tema de la trascendencia y la diferencia” (cf. p. 485 de la segunda edición). Ese en­fá­ti­co elogio, inu­sual como era viniendo de Carpio y pues­to además por escri­to, operaba, desde luego, co­­mo un poderoso disparador del inte­rés. En el caso de Rosales, por lo de­más, se añadía el hecho de que sus trabajos abordaban, hasta donde yo mismo podía saber, aspectos más directamente conectados con lo que eran entonces mis propios intereses, in­cipientes pero ya algo perfilados, en particular: la relación del pensamiento de Hei­deg­ger con la filosofía trascendental de Kant, por un lado, y con la tradición metafísica que re­monta a Aristóteles, por el otro, con arre­glo al hilo conductor que proporciona la pro­ble­mática de la temporali­dad. Los pri­me­ros trabajos que pude leer –algunos de ellos hallados tras azarosas bús­que­das, como era lo usual en aque­llos tiempos pre-informáticos, muy especialmente, en nues­tra lejana periferia del sur de América Latina– fueron unos cuantos artículos apa­recidos a lo largo de las décadas del 70 y el 80 en las revistas Cua­dernos de Filosofía, de la UBA, y Escritos de Filosofía, de la Academia de Ciencias de Buenos Aires. Mis expecta­ti­vas se vieron generosamente recompensadas. Había en esos trabajos verdadera reflexión filosófica –profunda, rigurosa y ajena a toda retórica superficial o efectista– sobre cues­tio­­nes centrales para el estudio y la comprensión de los autores y los problemas aborda­dos. En su género, eran, sin duda, trabajos ejemplares, que mostraban un nivel técnico por enton­ces muy difícil de hallar en la investigación filosófica publicada originalmente en nuestra lengua. En aquel momento, me atuve, sobre todo, a los aspectos de los trabajos de Rosales que tenían que ver más directamente con la problemática de la temporalidad. Influyeron en ello también razones contex­tua­les muy precisas. En efecto, en el año 1982 el profesor Carpio dictó un impresionante curso sobre el tema “Ser y tiempo en Heidegger y Aris­tóteles”, que, desde el punto de vista motivacional, resultó de­cisivo para mí, por­que fue el punto de partida de mi propio interés por la Física de Aris­tóteles y, también, el dis­­parador de mi posterior decisión de dedicar mi trabajo de Tesis de Licen­cia­tura al pro­ble­­ma de la conexión entre tiempo y sustancia en Aristóteles. Dada esta orien­tación bá­si­ca, y más allá de mi admiración por su trabajo, no estuve en esos años en con­diciones de apre­ciar y aprovechar verdaderamente los importantísimos apor­tes de Ro­sa­les al pro­ble­ma de la conexión entre trascendencia y diferencia ontológica y, en co­nexión inmediata, tam­­bién a la reconstrucción de los prin­ci­pales mo­ti­vos siste­má­ticos que con­ducen al fa­mo­so “giro” (Kehre) del pensamiento heideggeriano, entre co­mienzos y me­diados de los años 30. Una segunda oportunidad para comprender más ca­bal­mente el enorme valor de esos aportes me la proporcionó la decisión de retomar los es­tudios sobre Heidegger, una vez concluido mi trabajo de doctorado sobre Aristóteles en Heidelberg y estando afincado ya en Santiago de Chile, desde comienzos de los años 90. Fue en esta etapa chi­­lena, que se prolongó hasta el año 2006, cuando tuve la oportunidad no solo de volver so­bre esos trabajos de Rosales y leer muchos otros, sino también de co­nocerlo, por fin, per­­sonal­men­te. Nos vimos por primera vez en 1996, en el marco de un congreso in­­­ter­na­cio­nal que se realizó en Santiago de Chile y Valparaíso, y que fue organizado en com­­me­mo­ración de la muerte de Heidegger, en su vigésimo aniversario. Des­de enton­ces, hemos mantenido un intercambio filosófico y también personal del que pue­do decir que he salido enormemente beneficiado, en muchos sentidos, y que ha

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Matar con permiso

  Nada menos que 5.535 han sido los muertos “por resistencia a la autoridad” durante el año 2017, según el Observatorio Venezolano de la Violencia. ¿A qué autoridad? A la de funcionarios policiales y militares. Hace ya tiempo que quien esto escribe había reseñado que estaba dada la orden de matar a los jefes de bandas aunque estuvieran acostados en sus camas. Hace años que esto se está cumpliendo a rajatabla. Es muy fácil para los funcionarios policiales o militares camuflar, bajo el rótulo de “resistencia a la autoridad”, la muerte deliberada de una persona. Basta ponerle a la víctima, una vez cadáver, un arma en la mano y disparar con ella hacia alguna parte. El sentido común nos dice que no son tantos los jefes de banda; pero, aunque fueran, el Estado no tiene derecho a ordenar o simplemente permitir la muerte de nadie en este país y menos facilitar la libre iniciativa del funcionario al respecto, el cual, además, bien sabe que no será sometido a ninguna sanción. Las cifras del año 2017 son solo una muestra de cómo se está procediendo en el control de la violencia de los delincuentes. La preocupación se hace mucho mayor si consideramos que muchas de las víctimas habrán sido personas inocentes que nada tenían que ver con el delito. Sabemos muy bien cómo las llamadas fuerzas del orden disparan sin ningún reparo cuando persiguen a quien a sus ojos aparece como un delincuente. Y digo bien: “aparece”. En efecto, demasiadas veces es la apariencia la que guía la acción represiva. Tener “cara de malandro”,  ya sea por el color de la piel, ya sea por el gesto, ya sea por la indumentaria, es razón suficiente para que la supuesta autoridad decida “neutralizar” a una persona sin ningún remordimiento y sobre todo sin ningún peligro de recibir algún tipo de sanción. Hace ya mucho tiempo que el Estado venezolano parece haber decidido actuar sin ninguna contemplación, sin pararle mientes a los derechos más elementales del ciudadano. Lo estamos continuamente experimentando. Últimamente lo hemos vivido cuando un grupo de sublevados contra el gobierno, mientras clamaban su entrega y rendición, fueron públicamente masacrados. No se trata de defender a quienes violan las leyes y asesinan, también sin misericordia, sino de respetar la vida de todo ser humano como un derecho inviolable por muy delincuente que sea su conducta. Si un Estado como el nuestro se permite violar este fundamental derecho, todos los ciudadanos, buenos y malos, estamos en peligro de muerte. Defendiendo la vida del delincuente, defendemos también la nuestra. ciporama@gmail.com

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Las campanas tocan a muerto

  El Observatorio Venezolano de Violencia por el cual estamos informados año a año de cómo se desenvuelve la violencia en el país, el pasado diciembre nos ha comunicado en fecha muy temprana los resultados de su informe anual en un documento bien fundamentado y amplio. En él aparecen no sólo los datos estadísticos correspondientes al 2017 sino una razonada y muy completa información sobre las variedades y las circunstancias que rodean todo el fenómeno así como las novedades que parece presentar en los últimos tiempos y su peligrosa evolución. Mucho habría que comentar al respecto pero ahora deseo detenerme sólo en un aspecto que hasta ahora no formaba parte del conjunto de datos y detalles principales. En algún momento quien esto escribe se ha atrevido a afirmar, sobre la base de su experiencia en los ambientes populares, que en Venezuela no son frecuentes los suicidios, que por algo el venezolano es considerado en las encuestas mundiales uno de los pueblos más felices del mundo. Una consulta a las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud vino a confirmar de alguna manera esta afirmación basada en la experiencia. En efecto, hace 2 años, las cifras de 2015, arrojaban 3,1 casos por cada 100.000 habitantes de modo que sólo 16 países, entre 183, tenían una tasa inferior a la nuestra. Sabíamos que en general, pero no siempre, los países más prósperos y desarrollados suelen ser los que más suicidios acumulan en su haber mientras son precisamente los más pobres los que menos suicidios presentan por lo que es válido considerar que ese fenómeno no va asociado con la pobreza. ¿Qué ha sucedido en Venezuela en los últimos meses del 2017 para que las cosas hayan cambiado drásticamente? En efecto, las cifras, todavía parciales, del informe citado nos hablan de que en Mérida se ha quintuplicado la tasa de suicidios entre enero y noviembre de este pasado año, mientras ha disminuido la de homicidios. Otras informaciones nos hablan de haberse triplicado en el país durante el mismo período. Preocupa todavía más el hecho de que esto sucede en personas jóvenes y, sobre todo, varones entre 18 y 30 años. ¿Será que un joven padre de familia, que no tiene cómo alimentar a sus hijos, no puede encontrar otra vía que la total desesperación? El suicidio es un fenómeno muy complejo y puede tener multitud de causas pero este rápido aumento de su frecuencia no podemos sino atribuirlo a las espantosas circunstancias que estamos viviendo. Las campanas doblan a muerto en Venezuela. Confiemos en Dios que esto pase pronto. ciporama@gmail.com

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El Niño emigrante

  Y exiliado. Porque ese Niño nacido en Belén “de la Virgen María y del Espíritu Santo”, como dice el aguinaldo, probó la emigración y el exilio apenas recién nacido. “Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta nuevo aviso, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo” (Mat. 2,13). De noche y en fuga. Eso sí, con sus padres. No hubo entonces ningún falso fiscal que le detuviera cuando empezaba a montarse sobre el humilde jumentillo que la tradición nos cuenta. Los Niño Jesús (todos los niños son el Niño Jesús, como dijo ese mismo Niño cuando se hizo grande: “Cada vez que lo hicieron con uno de estos hermanos míos tan pequeños, conmigo lo hicieron”) de Venezuela fueron menos afortunados: no pudieron encontrarse con sus padres. El Herodes criollo ha sido tan cruel como el bíblico. Aquel no pudo atrapar al Niño que se le escapó y pagó su furia con todos los de Belén; éste los exilió de sus padres ya exiliados en otro simbólico Egipto. Pasar niños a cuchillo hoy no se estila. Porque da vergüenza y nada más. Pilato, lo hizo unos años después cuando ese Niño ya fue mayor. Pero hay otros cuchillos tan dolorosos como los de Herodes. También rojos rojitos, igual que los que entonces chorrearon sangre, asesinos de inocentes. El cuchillo del exilio –la emigración venezolana es al mismo tiempo un verdadero exilio– llega a todos: a los niños, a los ancianos, a los padres, a los hijos, a los sanos, a los enfermos, a los ricos, a los pobres, a los que vivían en quintas, a los que vivían en ranchos, a los cercanos y a los lejanos, a los que tienen adónde llegar y a los que solo les puede recibir la calle, a los esperanzados y a los que se van buscando una esperanza, a los que logran llevarse algunos bienes y a los que al embarcar son despojados de ellos por un militar, a los que logran subirse a un avión y a los que, cuando lo intentan, son retenidos, detenidos, apresados, sin lograr nunca saber por qué, a… El exilio es otra forma cruel de dolor. El dolor que desgarra las familias, que retuerce las entrañas corporales y afectivas, que no tiene razón ni justicia sino pura necesidad, ese dolor que no posee ni siquiera el alivio de ser culpable, el que se vuelve más lacerante en este tiempo de Navidad. El Niño regresó. “Ya han muerto los que intentaban acabar con el niño”. Los tiranos también mueren. Más temprano que tarde. Hay que saber esperar aún sumergidos en el dolor. El Niño de Belén siempre nos confirma en nuestra esperanza. Para eso vino, para eso nos fue dado. El sí fue dado por Dios. ciporama@gmail.com

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