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  • Hasta la vista al final de la tarde

     

     

    Supimos en estos predios que hace años, un joven y alegre alemán empacó sus metas, ambiciones y sueños en una caja de pandora conseguida a mitad de un tiempo y fijó su norte en un país lejano, extraño, y así llegó a esta Tierra de Gracia. Traía las herramientas para hacerse un ciudadano merecedor de la estima, del cariño y la admiración de este país; quiso, fue su eterna ambición, no dejar nada dentro de sí y darlo todo, transmitir lo que la vieja academia le había enseñado más lo que la propia y novedosa inquietud le exigía, le reclamaba. Quiso ser el nativo irreverente de pueblos con nombres extraños al principio, luego certezas de su adopción, amparo y entrega a un universo que le abrió la esperanza a su azul mirada y la complementó en el universo de evocaciones que día a día edificaba. Se decía un alemán de Curiepe, pero, y he allí lo sorprendente, no fue jamás un chiste absoluto al paso, no. Quiso ser venezolano hasta el último aliento, hasta el tuétano y con el temor de ver terminar sus días lejos de estos parajes; con la esperanza de hacer país hombro a hombro con los que sentían, amaban y trabajaban por navegar en pos de los futuros posibles. Se diseccionó presentes en los retos, no pocos retos, en los trópicos que hizo suyos y decidió amar. Amó de estas geografías desde sus inmateriales sombras a mediodía hasta la presencia inmisericorde de las pasiones en las mujeres que le dieron sentido a sus días. Fue un torbellino asesino de rutinas, un disloque de sueños imposibles atados al trabajo, al esfuerzo para hacerlos realidad. Fue entonces un compatriota cercano venido de lejos que se vistió de anhelos a nuestro lado y que nos ayudó a forjarlos y hacerlos verdad. Sí, pero no por el azar, los sueños ciertos solo se pueden hacer realidad con el afán, con el estudio, la disciplina y el trabajo. Esa, registramos, fue su enseñanza.

    Es difícil acostumbrarse a las partidas definitivas y siempre pensamos que la enseñanza y el legado alivian la carga del adiós. ¿La verdad? No hay nada más difícil y definitivo que un adiós para siempre. No hay racionalidad que sustituya esa certeza, simplemente es imposible; por ahí, por esos mundos de Dios, tal vez de Curiepe a La Quebrada, allá por Trujillo, deambula un hasta luego buscando destino, un tal vez pretendiendo reconciliarse con los tiempos, un ser buscando comprender la despedida final a un alemán que quiso ser, porque sí, de estos horizontes.

    Se dice que el ser obedece y se debe a una obra, a la posibilidad de trascender al tiempo, a su tiempo, y nos advierte la tradición que un hijo, un árbol y un libro tienen la pretensión de conquistar la valía; y los amores, adicionamos, que generamos entre quienes vivimos. El hombre que vino de lejos cultivó y pretendió sus fines y sus amores; es más, en oportunidades, los sufrió en estos rezagos de algas marinas verdiazules que le regalaron las luces del trópico cálido que le dio cobijo a su piel y a su dolor.

    Hoy eres ajeno a esa tristeza conocida por ti, al engaño de los dioses porque no te dieron el olvido. Hoy vemos que partes sonriente, quizás porque pudiste romper por fin el acertijo. Hoy te despedimos todos, pero no queremos dejarte ileso. ¿Y sabes por qué? Hoy nos queda tu alegría, el dejo azul y blanco atrevido y retador de tu firmeza, la huella perenne de a quienes nos formaste, dentro y fuera de las aulas, donde fuiste el compañero recordado y el orgullo de la exigencia justa y válida.

    Un ser es la obra de su andadura, más su andadura misma. Un amigo es el tormento de la superación de lo imposible y la posibilidad de la construcción de sueños a cuatro manos. Y un ciudadano es todo eso más la comprensión de su pertenencia a un mundo de iguales. No somos la fortuna que decanta el destino en una vela que solo da rastrojos de su presencia, no, somos la esencia de la vida pretendiendo la gloria del todo como conjunto; es decir, somos un sueño que a veces se hace realidad y que en algún momento tiene que partir y hacerse parte de la historia.

    No sabemos si despedirte, no podríamos saberlo hoy. Solo tenemos la certeza de que no te veremos en el día a día, de que buscaremos tu opinión y solo nos quedará deducirla de tu recuerdo, tu ejemplo y tu pasión indestructible; pero eso es precisamente lo eterno Heinz, tu recuerdo.

    Hasta la vista amigo…

  • La mentira obligatoria

    ¿Por dónde buscaremos los resquicios de verdad que en algún sitio quedarán? Entre tanta tiniebla, rasgando tanto velo, penetrando tan espesa neblina de mentiras y más mentiras claramente oficiales, nos resulta cada vez más difícil atisbar los vislumbres de realidad que podemos entrever.

    A toda afirmación de este régimen por muy categórica que sea, a toda declaración de seguridad, a toda contundencia verbal expresada con énfasis, envuelta en ropajes de absoluta evidencia, no tenemos más remedio que ponerle la marca definitiva de falso si no queremos navegar en el mar proceloso de la locura o revolcarnos en las arenas movedizas y absorbentes de la irracionalidad.

    Vivimos en las entrañas de todo un mundo que nos penetra, nos rodea, nos empapa, hecho de patrañas, perversamente fabricado para no dejarnos salida alguna, hecho además para ser obligatoriamente creído so pena de hambre, enfermedad ineludible y hasta muerte. Asumir, creer, ejecutar y difundir la mentira es nuestra obligación impuesta.

    El diablo, se nos ha dicho, es el padre de la mentira. Los hijos son todos de la misma naturaleza que el padre, lo repiten. Esto dice clara y expresamente que estamos en todo un mundo diabólico por naturaleza. Para el sistema actual este es el mundo de la revolución. Esta revolución será, entonces, en toda buena lógica, diabólica. No soy el primero ni el único que lo dice.

    Por tanto en una lógica ya estructurada sobre la mentira, la misma lógica será mentirosa por naturaleza. La mentira constituirá su esencia y, así, la serpiente se muerde la cola.

    ¿Cómo salvarnos de la mentira? ¿Cómo desterrarla de raíz de todo nuestro mundo de vida? Porque si no nos salvamos de ella, si no la borramos de nuestras relaciones, nunca seremos libres. En el Evangelio se nos dice con mucha claridad que solo la verdad nos hará libres.

    Ahora bien, este pueblo ha dado claras muestras de no someterse a la mentira, de no aceptar la falsedad y por preservar la verdad de toda sucia contaminación ha muerto, sigue muriendo y sufriendo la cárcel y la tortura en su mejor y más valiente juventud.

    Esta ha de ser nuestra lucha fundamental. Con hechos verdaderos, con verdaderos sentimientos, con palabras verdaderas, con verdaderos pensamientos, con amor verdadero por todo este pueblo, por nuestra Venezuela verdaderamente querida, sin ceder nunca al engaño y al embuste, manteniéndonos unidos en el verdadero amor a la patria verdadera, lograremos la libertad, la verdadera dignidad, el verdadero triunfo sobre el odio y la maldad que es hijo de la verdad.

    ciporama@gmail.com

  • Pueblo, vida y práctica

    Cuando se escribe la palabra pueblo y, sobre todo, cuando se pretende que ella tenga un contenido concreto, que evoque, si no toda la humanidad de una nación, por lo menos un sector representativo de ella, que no sea un puro sonido de la voz, un simple dibujo de letras o un impreciso complejo de confusas y vagas imágenes, lo mejor que se puede hacer es referirse a las prácticas de vida que con ella se quiere significar. Creo que ha sido Ortega el que ha pensado la cultura precisamente como el modo propio y particular que tiene un pueblo de habérselas con el mundo. Y habérselas es un verbo castellano difícilmente traducible a otros idiomas porque dice en un solo vocablo todo el complejo integrado de lo que constituye cómo un grupo humano piensa, siente y practica, esto es hace y se hace, la realidad toda en la que concretamente vive y se vive.

    Así, pueblo es una manera total de hacer humanidad, mundo, vida y sociedad. Por eso cuando pretendemos referirnos en serio al pueblo venezolano, no nos queda otro camino que in-vivirlo, esto es, vivir por dentro su vida. Ello implica despojarse. El que nació y vivió, se formó, en otro pueblo, el que tuvo que habérselas desde el nacimiento con otra realidad, encuentra difícil ese despojo y por eso suele recurrir al juicio desde fuera, a la observación fácilmente prejuiciada por el mundo del que procede y, con mucha frecuencia, al otro lo convierte en ficción tanto si lo sobrestima como si lo desvaloriza.

    Esto también le puede suceder, y de hecho le sucede, a quien, habiendo desde siempre pertenecido a nuestro propio pueblo, de él, de su propio sentido, se ha alejado a consecuencia de gran variedad de causas tales como: una educación sobrevenida, asunción de valores externos y hasta disgusto de lo propio percibido como humillante.

    Por esto, muchas veces encontramos en nuestro país una distorsión en la percepción de nuestra realidad humana que nos lleva a pensar en una ruptura tajante y peligrosa entre venezolanos: los que se identifican con una forma de vida para ellos superior, la moderna, y los que practican la propia forma de vida del pueblo, esa en la que, como me dijo una vez un ilustre profesor, “está recontracondensado lo que habría que negar”.

    ¿Llegará el día en que lograremos que estos dos sectores dejen de negarse el uno al otro y confluyan en una profunda estima sintiéndose, percibiéndose y viviéndose de verdad como un solo y mismo pueblo?

    Solo estimándonos, valorizándonos y amándonos sin distinciones, podremos formar juntos la unión que nos liberará.

    ciporama@gmail.com

  • Comprender la diáspora

     

    Hasta hace poco cuando se hablaba de diáspora nos referíamos a la dispersión del pueblo hebreo después de la total conquista de Jerusalén por los romanos. La palabra ha venido adquiriendo como significado, después, la obligada expulsión de su propia tierra y la consiguiente diseminación por todas las naciones del planeta, de quienes tuvieron una patria común y fueron obligados a perderla. Algunos totalmente, como los citados hebreos, otros en grupos numerosos. Esta última es nuestra actual situación. Así, la población de Venezuela queda dividida en dos grandes bloques: el de los que tuvieron obligadamente, por necesidad producida desde fuera y contra su voluntad, que abandonar el país y el de los que nos quedamos todavía en él. Una experiencia totalmente nueva en los quinientos años de historia y doscientos de patria independiente que aquí se han vivido.

    Por el hecho mismo de ser novedad, y novedad inédita y obligada, no hemos logrado darle sentido, esto es, comprender e integrar en una experiencia razonada, afectivamente sentida e integralmente significada, la vivencia. Las dos experiencias, la del que sale como expatriado a vivir necesariamente con quienes tienen otra forma de vida, otros afectos, otras representaciones del mundo y de la realidad, otros paisajes y otros tiempos, incluso si se expresan en nuestra misma lengua, pero más diverso aún si hablan otro idioma, y la de quienes viven como un dolorosísimo desgarramiento la ausencia de los que estuvieron siempre no solo a nuestro lado, sino profundamente adheridos a lo más hondo de nuestra propia vida. Es una tragedia demasiadas veces vivida en silencio.

    Una y otra experiencia nos desquicia lo más vital de nuestras entrañas. No sabemos en qué sistema de imágenes, de conceptos, de figuras y de emociones encuadrarlas para que sean comprendidas con algo de normalidad, esto es, dentro de algunas reglas conocidas.

    Para ubicar adecuadamente el quicio de la realidad actual, hemos de tener en cuenta, sobre todo, que en esto no se trata de culpas personales de nadie, ni de desapego, egoísmo, alocadas pretensiones o cualquier otra irreflexiva decisión, en los que se van o ya se fueron, ni de cobardía, terquedad o ingenua esperanza en los que se quedan. Uno solo es el culpable, este sistema inhumano de violenta e inevitable coerción que no deja a nadie la libertad de decidir de otra manera. En este contexto de terrible y duro encarcelamiento de nuestra voluntad hallaremos el sentido de lo que padecemos y estaremos en condiciones de reaccionar y liberarnos.

    ciporama@gmail.com

  • Caos

     

    La oposición al régimen demasiadas veces está centrada en la persona del presidente, como si eso fuera lo determinante. No parece comprenderse que no se trata de personas. De personas también, por cierto, pero no son ellas lo determinante, lo decisivo, de modo que, saliendo de ciertas figuras, de los nombres más significativos que aparecen como quienes deciden los destinos del país en este preciso momento histórico, no se solucionarán los problemas de miseria, de inhumanidad y de opresión violenta e implacable que padecemos.

    Nuestro problema, en profundidad, no es de personas sino de sistema. Entendámonos. Sistema es una totalidad de vida, pero de vida en su sentido más profundo, un modo de concebir y hacer la vida real de los seres humanos. Si esta totalidad se logra establecer en toda forma de existencia humana, se habrá completado el sistema. Esta revolución es eso lo que busca, lo que desea, lo que planifica y lo que está poniendo seriamente en marcha. Por eso, por la totalidad absoluta del concepto de la existencia humana, la revolución nace y renace, surge y resurge, revive y resucita constantemente en la historia. Fracasa y vuelve a fracasar, pero cuando eso sucede en un lugar, encuentra las condiciones para resurgir en otro. Y las encontrará siempre. No podemos esperar que desaparezca algún día. Por lo menos no es previsible su desaparición en un tiempo preciso y próximo.

    Por esta pretensión de buscar y provocar una forma de existencia, una forma de estar en el mundo, totalmente otra, sin relación ninguna con lo existente, lo primero que produce es el caos. Pero ese caos no suele durar. Es prontamente sustituido por la tiranía total que pone orden en las almas y en los cuerpos. En las almas, sí, porque la revolución llega a formar parte de los entresijos más íntimos de los espíritus. Esa es por lo menos su pretensión, su proyecto y, a veces, su logro.

    En nuestro caso, aquí, sí están implicadas las personas concretas dada su incapacidad de poner orden y superar el caos, cosa que lo hace tan terriblemente prolongado. Su error ha sido dejarlo libre, dejar que se produzca por su cuenta. En esto ya hemos llegado al caos casi total en todo y le va a resultar imposible tanto al sistema como a las personas superarlo.

    Este estado de caos general es su debilidad. Nos abre puertas no solo a la esperanza sino a la seguridad.

    Mientras el caos campa por sus respetos, ayudemos a poner fortaleza en los espíritus, en la profundidad de las almas, con la fe, la esperanza y el amor a la vida y a los hermanos. Será nuestro triunfo.

    ciporama@gmail.com

  • ¿En quién confiaremos?

     

    Si algo hemos perdido, entre infinidad de cosas esenciales para la vida, en estos veinte años en Venezuela, ha sido la confianza. Por donde dirijamos la vista a nuestro derredor solo hallaremos duda, angustia instalada, oscuridad de futuro. La seguridad no está en Venezuela, está en otro lugar.

    ¿Cuál es ese lugar? Quizás en un país extraño. Mas no siempre se consigue. Puede ser peor aún la situación. Hasta de muerte. ¿Eso es lo que busca el régimen? ¿Que no hallemos en quién confiar ni dentro ni fuera? ¿Que un buen número de la población desaparezca, sea engullido por el abismo? ¿Nos abocamos a eso?

    No sería la primera vez en la historia. Este sistema de regímenes tiene larga y abundante experiencia en abismos abiertos y engullentes. Abismos deliberada y decididamente buscados y ejecutados. Abismos en los que demasiados millones de hambrientos y enfermos curables han desaparecido durante el último siglo. Por lo que vemos, sentimos y experimentamos, es lo que parece querer el sistema político-social que nos ahoga.

    Dos vías de escape nos deja nada más: la emigración dolorosa, insegura, aleatoria, y la muerte lenta o rápida por hambre, enfermedad o violencia. El régimen parece tener necesidad de disminuir drásticamente la población. Ya solo por la emigración lo ha logrado en por lo menos cuatro millones; por hambre y enfermedad no se pueden contar los decesos; no puede haber estadística. Y no es que quiera dar a entender lo contrario hablando de pocetas sucias. No es que le duela que la población se ausente, es que eso muestra al mundo su propia miseria. Hoy no hay cortinas de hierro tan espesas que resulten opacas.

    ¿Adónde volveremos nuestra mirada? No hay mesías a la vista. Estamos solos. Nuestro pueblo tiene que volverse sobre sí mismo y hallar en su compacta unidad la fuerza que lo haga invencible. Nuestro pueblo está unido en anhelo, en esperanza y en decisión, pero necesita encontrar el nudo de cohesión. ¿Quién cumplirá ese indispensable papel? Los políticos no lo harán. Solo aparece a la vista una comunidad firme, unida y decidida; pero a ella no le toca. No es lo suyo.

    Hablo de la Iglesia, pueblo y pastores. ¿Nos dirigiremos a ella? ¿Le pediremos que, dejando de lado su finalidad propia, la definidamente religiosa, sin negarla, y a partir del amor a todos los hombres que tiene por obligación y misión, encabece clara y abiertamente la unidad de todo el pueblo ya que ningún otro está dispuesto a hacerlo y es de vida o muerte? ¿Que pase de los claros y valientes discursos a la acción comprometida?

    ciporama@gmail.com

  • Dios mío, ¿por qué nos abandonas?

     

    Son estas, las de este título, puestas en plural, las primeras palabras del salmo 22 que Jesús reza colgado de la cruz. Llegada la Pascua de Resurrección, está viva la esperanza. No hay razones para desesperar. Por eso podemos meditar repitiendo el grito angustioso de Jesús. Jesús reza. Y reza como lo hacía todo buen judío, recitando un salmo. Es la angustiosa y casi desesperada oración del inocente perseguido, rodeado de enemigos que quieren su muerte y que sin embargo desde ese abismo confía en Dios, en un acto de pura fe que es plenitud de confianza.

    Nuestra pasión dura todavía en este país. La Pascua es firme promesa y por eso esperanza. El salmo profetiza los sufrimientos del Mesías, que tendrá que apurar toda la amargura de la humanidad sufriente pero también su entrega plena a ese Dios cuyo abandono no entiende. Abandono que tampoco nosotros entendemos. Las primeras palabras de ese salmo son las de un hombre desesperado en el momento del supremo dolor ante un Dios que no responde a ese grito del alma y del cuerpo. La humanidad toda de Jesús está sumergida en el sufrimiento.

    Sin embargo, desde las tinieblas del abandono, Jesús confía en Él porque sabe muy bien, por experiencia propia, que ese Dios “no ha sentido desprecio ni repugnancia hacia el pobre desgraciado, no le ha escondido su rostro”. El Nazareno que carga con la cruz, y nosotros, sabemos que “nos dará vida”.

    Los venezolanos de hoy, hermanados en el dolor y en la muerte injusta, sufrimos como Jesús el padecimiento de ser víctimas inocentes de una violencia desenfrenada. Somos hambreados en carne propia, inicuamente encarcelados, arbitrariamente asesinados, sometidos a angustias insoportables.

    El salmo es también un grito de protesta. Protesta contra la violencia que convierte en víctima al inocente. Nos resuenan en sus palabras los gemidos de los torturados, de los heridos en su cuerpo y en su espíritu, de los violentados en sus más elementales derechos. A Jesús el Padre le dejó sufrir hasta lo último la muerte para luego darle la plenitud de la vida en la Resurrección. No lo abandonó, sino que lo resucitó. Esta es nuestra última certeza base de nuestra esperanza.

    Más allá de todos nuestros sufrimientos, de todas nuestras horas de angustia y desesperación, Dios nos acompaña aunque parezca que nos abandona. Siempre responde a nuestra súplica si bien no sepamos cómo lo hará. Ni del mal, ni de los malos, es la última palabra. Nunca lo ha sido. No tenemos motivos para perder la esperanza. La resurrección también en este mundo, y no solo en el otro, nos espera.

  • Sin fundamento

     

    Nos resulta muy difícil comprender la situación real por la que estamos transitando en la Venezuela de hoy. No encontramos un piso suficientemente sólido sobre el cual poner nuestros pies. Todo se vuelve inestable. Todo lo que hemos construido como civilización está en jaque. Desde el neolítico nos hemos venido alimentando de la agricultura y la domesticación de las bestias. Hoy, ni el cultivo de las plantas ni el cuidado de los animales satisfacen nuestras más elementales necesidades. ¿Volveremos a la recolección? Si los recursos que nos han mantenido vivos desde la prehistoria no nos dan ninguna seguridad, mucho menos los productos de la técnica aprovechados desde hace siglos. La electricidad, sin la cual, ninguno de nuestros instrumentos indispensables ya para la vida puede funcionar va cada vez más aceleradamente dejando de hacerlo. Sentimos que puede llegar el momento en el que desaparezca simplemente de nuestra experiencia cotidiana o solo sea utilizable por momentos inciertos y aleatorios. Sabemos por experiencia vivida que todo lo que ha sido parte indispensable de nuestra existencia hace ya tiempo que se ha ido alejando de nuestro acceso, que todo aquello con lo que seguramente contábamos, ya no es indudable. La inseguridad se ha instalado en nuestra normalidad. Si esto ha venido sucediendo con los instrumentos materiales, hasta ahora pensados como indispensables para reconocernos como seres humanos civilizados, o sea, independientes de los azares de la naturaleza, lo mismo y aun peor, ha acontecido y sigue aconteciendo con las instituciones creadas por nosotros para proveernos de una convivencia pacífica y confiada. Esta ya ha desaparecido en gran parte, sigue desapareciendo aceleradamente y amenaza su total destrucción para el futuro. No se avizora una nueva forma posible de organización social que nos dé confianza de que podamos lograr una vida humanamente serena y libre de agresión y violencia. No logramos, por más vueltas que le damos al pensamiento, acertar con el origen y la persistencia de nuestro mal. Estamos con la muerte al alcance de la mano.

    Nos toca, sí nos toca, reaccionar con todas nuestras fuerzas y todos nuestros recursos reforzando lo más profundamente humano que nos queda y que no podrá nadie destruir: nuestra relación profunda en humanidad. La relación vivida de unos con otros, el fortalecimiento de todo lo que nos acerca y nos hace uno, descartando firmemente el aislamiento individualista, lo que el régimen procura con todo su poder y violencia. “Ámense los unos a los otros”.

    ciporama@gmail.com

  • Unión

     

    Ajuntamiento, “que quiere dezir aiuntamiento debaxo”. Así aparece esta palabra en la primera gramática castellana (Nebrija, 1492). Ajuntamiento de abajo a arriba, de arriba a abajo, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de afuera adentro, de adentro a fuera, en todas las direcciones y en todos los sentidos es lo que necesitamos ahora para que juntos, y solo juntos, podamos hacer verdaderamente frente a esta desgracia, este caos, esta inenarrable opresión, esta destrucción arrasadora, esta horrenda tiranía de malandros convertidos en ejecutores de todo el poder del mal que estamos padeciendo.

    Su sinónima, “ayuntamiento”, es mucho más antigua y siempre existió en nuestra lengua, proveniente del latín adiuntare. En tiempo de graves problemas que afectan a toda la existencia de una comunidad, de un pueblo, de una nación, cuanto contribuya al “ajuntamiento” compacto de todas las personas, de todos quienes sufren, de todos los que quieren superar sus insoportables padecimientos, es de necesidad absoluta, de perentoria y existencial determinación.

    Los venezolanos que hoy queremos definitivamente sobrevivir podemos pensar de muy distintas maneras, podemos tener muy variados proyectos, incluso contradictorios, pero si queremos vivir como seres humanos, tenemos que dejar todas esas diferencias, hasta vitales, para coincidir en una sola cosa que va más allá de todos nuestros desencuentros: la conformación de una unión fuera de toda disputa, fuera de todos nuestros egoísmos, fuera de todos nuestros intereses por muy justos y razonables que sean. Ahora sí es ineludible estar juntos en un fin único: salir definitivamente y pronto de este régimen criminal que no va a abandonar nunca por su propia cuenta su proyecto de destrucción absoluta de todo lo que no entre sin discusión ninguna en su forma de concebir la realidad total, no solo económica, no solo social, no solo cultural, a la que todos en su intención rígidamente planificada tendríamos que someternos.

    Este régimen está construido sobre una violencia tal que no la podemos eludir. No hay un solo resquicio de paz en él. El dilema votar o no votar en las próximas elecciones es ya un dilema violento impuesto por él. Lo importante es no caer en el dilema sino ir más allá, a la unión, a ejercer juntos lo que juntos optamos por decidir contra viento y marea.

    No hay razón ni justificación alguna para votar. Por eso alabamos la decisión mayoritaria de la población. No ir. Lo que se mantendrá en pie, contra todo, y como esperanza para un futuro, será nuestro ajuntamiento.

    ciporama@gmail.com

  • Un encuentro con la obra de Alberto Rosales

    Recuerdo haber tenido noticia del nombre de Alberto Rosales, por primera vez, a tra­vés del inolvidable maestro que fue Adolfo Carpio, profesor de “Introducción a la Filoso­fía” y “Metafísica” en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Fue seguramente hacia fines de los años 70 o comienzos de los 80. Brillante docente, Carpio se caracterizaba, ade­más de su proverbial rigurosidad y su imponente dominio del canon de la tradición filosófica, también por su instintivo recelo frente a toda forma superficial de erudición y, a una con ello, por su tajante rechazo frente a toda especie de vanidad exhibicionista, muy pro­bable­men­te, pienso, porque veía en ellas concreciones particularmente penosas de lo que en Ser y tiempo Heidegger designa como la “habladuría” (Gerede) y la “escribiduría” (Ge­­schrei­be). De hecho, era po­co frecuente que, más allá de los gran­des filó­so­fos tra­ta­dos en sus clases, Car­pio citara autores de estudios que perte­ne­cen a la llamada “literatura se­cun­da­ria”. Y si lo hacía, solía limitarse a lo que consideraba más importante, más sólido y, sobre todo, más claro. Por lo mismo, cuando Carpio mencionaba un autor, un colega o un estudio digno de consulta, la recomendación adquiría un particular re­alce. Por su inha­bi­­tual recurrencia, recuerdo, entre las referidas a quienes formaban parte del mismo ám­bi­to cultural y lingüístico, las menciones elogiosas de su maestro Fran­cisco Romero y su colega Roberto Walton, y también las de dos es­tudiosos cuyos nom­bres evocaban lati­tu­des norteñas bastante remotas para quienes vi­vía­mos en el ex­tremo sur del mun­do, el co­lombiano Danilo Cruz Vélez y el venezolano Alberto Ro­sa­les.

    Yo era entonces un simple estudiante de grado, tan entusiasta como desinformado, de modo que esos nombres se me aparecían entornados de un cierto halo de misterio. En el ca­so de Cruz Vé­lez, su reconocido libro titulado Filosofía sin supuestos. De Husserl a Hei­degger, publicado en 1970, se hallaba más al alcance de la mano. No así, en cambio, la importante y, en cierto modo, pionera obra de Rosales sobre Heidegger, publicada tam­bién en 1970, la cual, para peor, es­taba escrita en alemán. Su título Transzendenz und Dif­­­ferenz aparecía citado en la es­cue­­ta bi­blio­grafía añadida al final del excelente capítulo que Carpio dedica a Heidegger en su obra de referencia titulada Principios de filosofía. Una introducción a su problemá­tica (Buenos Aires 1974, 21995, con nu­me­ro­sas reim­pre­­siones). A continuación de la cita de la obra, Carpio añade el siguiente comentario: “Tesis de doc­­­torado en la Universidad de Co­lo­­nia de un notable estudioso venezolano; se trata de un profundo estudio de Ser y tiempo y demás obras del mismo período a la luz del tema de la trascendencia y la diferencia” (cf. p. 485 de la segunda edición). Ese en­fá­ti­co elogio, inu­sual como era viniendo de Carpio y pues­to además por escri­to, operaba, desde luego, co­­mo un poderoso disparador del inte­rés. En el caso de Rosales, por lo de­más, se añadía el hecho de que sus trabajos abordaban, hasta donde yo mismo podía saber, aspectos más directamente conectados con lo que eran entonces mis propios intereses, in­cipientes pero ya algo perfilados, en particular: la relación del pensamiento de Hei­deg­ger con la filosofía trascendental de Kant, por un lado, y con la tradición metafísica que re­monta a Aristóteles, por el otro, con arre­glo al hilo conductor que proporciona la pro­ble­mática de la temporali­dad.

    Los pri­me­ros trabajos que pude leer –algunos de ellos hallados tras azarosas bús­que­das, como era lo usual en aque­llos tiempos pre-informáticos, muy especialmente, en nues­tra lejana periferia del sur de América Latina– fueron unos cuantos artículos apa­recidos a lo largo de las décadas del 70 y el 80 en las revistas Cua­dernos de Filosofía, de la UBA, y Escritos de Filosofía, de la Academia de Ciencias de Buenos Aires. Mis expecta­ti­vas se vieron generosamente recompensadas. Había en esos trabajos verdadera reflexión filosófica –profunda, rigurosa y ajena a toda retórica superficial o efectista– sobre cues­tio­­nes centrales para el estudio y la comprensión de los autores y los problemas aborda­dos. En su género, eran, sin duda, trabajos ejemplares, que mostraban un nivel técnico por enton­ces muy difícil de hallar en la investigación filosófica publicada originalmente en nuestra lengua. En aquel momento, me atuve, sobre todo, a los aspectos de los trabajos de Rosales que tenían que ver más directamente con la problemática de la temporalidad. Influyeron en ello también razones contex­tua­les muy precisas. En efecto, en el año 1982 el profesor Carpio dictó un impresionante curso sobre el tema “Ser y tiempo en Heidegger y Aris­tóteles”, que, desde el punto de vista motivacional, resultó de­cisivo para mí, por­que fue el punto de partida de mi propio interés por la Física de Aris­tóteles y, también, el dis­­parador de mi posterior decisión de dedicar mi trabajo de Tesis de Licen­cia­tura al pro­ble­­ma de la conexión entre tiempo y sustancia en Aristóteles.

    Dada esta orien­tación bá­si­ca, y más allá de mi admiración por su trabajo, no estuve en esos años en con­diciones de apre­ciar y aprovechar verdaderamente los importantísimos apor­tes de Ro­sa­les al pro­ble­ma de la conexión entre trascendencia y diferencia ontológica y, en co­nexión inmediata, tam­­bién a la reconstrucción de los prin­ci­pales mo­ti­vos siste­má­ticos que con­ducen al fa­mo­so “giro” (Kehre) del pensamiento heideggeriano, entre co­mienzos y me­diados de los años 30. Una segunda oportunidad para comprender más ca­bal­mente el enorme valor de esos aportes me la proporcionó la decisión de retomar los es­tudios sobre Heidegger, una vez concluido mi trabajo de doctorado sobre Aristóteles en Heidelberg y estando afincado ya en Santiago de Chile, desde comienzos de los años 90. Fue en esta etapa chi­­lena, que se prolongó hasta el año 2006, cuando tuve la oportunidad no solo de volver so­bre esos trabajos de Rosales y leer muchos otros, sino también de co­nocerlo, por fin, per­­sonal­men­te. Nos vimos por primera vez en 1996, en el marco de un congreso in­­­ter­na­cio­nal que se realizó en Santiago de Chile y Valparaíso, y que fue organizado en com­­me­mo­ración de la muerte de Heidegger, en su vigésimo aniversario. Des­de enton­ces, hemos mantenido un intercambio filosófico y también personal del que pue­do decir que he salido enormemente beneficiado, en muchos sentidos, y que ha ido dan­do paso a lo que en mi caso es una convicción, firmemente asentada, a saber: la de que por el rigor, la solvencia y la creatividad de sus aportes Rosales for­­ma parte, sin duda alguna, del se­­lecto grupo de los mejores filósofos académicos de lengua española de los úl­timos 50 años.

    He dado a lo dicho hasta aquí un tono predominantemente personal, porque creo que es también la mejor, si no la única, manera de dar expresión al sentimiento de gratitud por lo mucho que creo deber a la obra y también a la persona de Alberto Rosales. Pero no quisiera terminar sin una referencia a lo que, a mi modo de ver, son al­gunos de los aportes fundamentales de Rosales. Naturalmente, lo que diré tendrá que ser muy escueto y muy sim­plificado. Las dos obras mayores de Rosales son, como nadie ignora, el ya mencio­na­do libro sobre Heidegger de 1970 y el impresionante libro sobre Kant cuya versión ori­gi­nal en alemán se publicó en 2000, con el título Sein und Subjektivität bei Kant. Zum sub­jek­ti­ven Ursprung der Kategorien, y del cual hay una traducción española publicada en 2010. Ambos libros representan, cada uno a su modo, aportes sus­tanciales a la investi­ga­ción es­pecializada. Más arriba he calificado el libro sobre Hei­deg­ger de “pionero”, y creo que real­mente merece esa calificación, por varios motivos. En primer lugar, desde el pun­to de vista temático puede decirse que Rosales fue uno de los primeros en intentar rastrear el origen de la problemática vinculada con la diferencia ontológica, partiendo del escrito so­bre la esencia del fundamento (Vom Wesen des Grundes) de 1929 y echando luz de mo­do retrospectivo sobre la concepción de Ser y tiempo. Este enfoque le permitió no solo identificar los elementos precedentes cuyo desarrollo da lugar al posterior planteo expreso de la problemática de la di­fe­ren­cia ontológica, sino, a la vez, detectar también, por así de­cir, el límite interno de la con­cep­ción trascendental que Heidegger elabora sis­te­máti­ca­men­te en los años finales de la dé­cada del 20. Y en este punto se inserta inmediatamente la interpretación que avanza Ro­sales respecto de los motivos que conducen al “giro” de los años 30. Según el diag­nós­tico de Rosales hay, en la concepción temprana de Heideg­ger, una cierta tensión in­ter­na entre una concepción de la trascendencia de carácter marca­da­mente activista y pro­yec­tivo, por un lado, y una concepción de la verdad como deso­cul­tamiento (alétheia), que presupone la prioridad de aquello que viene a la presencia en el desocultar, por el otro. Desde aquí se abre una vía directa para interpretar el camino que lleva hacia el “giro”, con su característica inflexión pasivista y con el creciente énfasis en el papel posbilitante del momento de la sustracción. Si se tiene en cuenta que Rosales echó las bases de esta po­tente línea de interpretación en un tiempo en el cual no había co­menzado todavía la publicación de las lecciones de Heidegger en el marco de la Ge­samt­ausgabe, no se podrá por menos de admirar la extraordinaria clarividencia que pone de manifiesto su abordaje de un asunto tan difícil y tan enrevesado. En efecto, el drástico in­cremento posterior de la base textual disponible no ha hecho, hasta donde alcanzo a ver, mella alguna, en lo esencial, a la consistencia y la plausibilidad de la interpretación pro­pues­ta por Ro­sales. Pero se añade, además, el notable nivel de rigor metódico que exhibe el libro de 1970, publicado en un momento en el que los estudios heideggerianos apenas co­menzaban a alcanzar el nivel técnico que lograron tener posteriormente. No creo exa­ge­rado decir que el libro de Rosales forma parte, tam­­bién desde el punto de vista metó­di­co, de un pequeño grupo de trabajos señeros apa­re­cidos en esos años, al que pertenecen obras tan importantes como la de E. Tu­gendhat de 1970, sobre la verdad en Husserl y Hei­­degger, y la de C.-Fr. Gethmann de 1974, sobre el modelo metódico de la concepción pre­sentada en Ser y tiempo.

    En cuanto al libro sobre Kant de 2000, puede decirse, me parece, que recoge y de­sa­rro­lla sistemáticamente, con admirable rigor e impresionante dominio de las fuentes, toda una serie de motivos y temas cuyo origen el lector atento puede rastrear, en buena medida, hasta diversos trabajos precedentes, en particular, los que se ocupan de la problemática vin­culada con la función sintética de la apercepción trascendental. También aquí se podrán detectar con relativa facilidad algunos impulsos procedentes del modo en el que Heideg­ger busca apropiarse de la concepción kantiana, en particular, allí donde Rosales pone el acento en la adquisición originaria de las categorías a partir de los esquemas y, con ello, se distancia decididamente de las interpretaciones dualistas, sean de corte empirista o bien intelectualista, que tien­den a des­co­nocer el papel central de la imaginación trascen­den­tal. Tampoco es com­ple­tamente ajena al influjo de Heidegger la preferencia por la direc­ción de consideración que domina la versión de la “Deducción trascendental de las ca­te­gorías” en la primera edición de la Crítica de la razón pura, frente a la que adquiere ma­yor fuerza en la versión de la segunda edición. Sin em­bargo, en el desarrollo de su pro­pia interpretación Rosales jamás se deja guiar, sin más, por los re­sultados obtenidos por Heidegger, sino que lleva a cabo, de modo independiente, una reconstrucción detalla­da, que pone de manifiesto no solo un conocimiento acabado de los textos, sino también una ex­cep­cio­nal penetración analítica, que permite poner de relieve una cantidad de as­pec­tos no debi­da­mente considerados o simplemente pasados por alto. El resultado final de la interpre­ta­ción elaborada es, puede decirse, una visión de conjunto de la concepción kantiana dentro de la cual el motivo central de la finitud del conocimiento humano queda in­terna­men­te conectado con una peculiar manera de enfocar la relación entre la experien­cia mis­ma y el discurso trascendental que busca dar cuenta de sus condiciones de posi­bi­li­dad, haciendo justicia, en el plano metódico, a la diferencia irreductible de los niveles de consi­de­ración involucrados. Aunque en los años inmediatamente siguientes a su apa­ri­ción la obra no tuvo un eco tan potente como el que merecía en la discusión especiali­za­da, lo cier­to es que se ha ido abriendo paso de modo más decidido, a medida que fueron pasando los años. Y tiendo a pensar que lo hará con aún más fuerza en el futuro, porque no pocos elementos centrales de la visión que ofrece en­­troncan, de hecho, con tendencias que han ido adquiriendo un protagonismo cada vez mayor en la ac­­tual investigación kan­tiana. De lo que, en cualquier caso, no puede haber serias dudas, a mi juicio, es de que se trata de uno de los libros más enjundiosos y más estimulantes publicados so­bre el tema en los úl­ti­mos veinte años.

    Con esto no he dado más que unas pocas indicaciones destinadas a refrendar, de algún modo, la opinión expresada más arriba acerca del lugar que ocupa la obra de Alberto Ro­sales en el ámbito de la filosofía académica de los últimos cincuenta años, en parti­cu­lar, la debida a autores de nuestra lengua. Mi propia experiencia es, en primera instancia, la de un lector enormemente agradecido por lo mucho que ha recibido a la distancia. Haber tenido, además, la fortuna de llegar a ser colega y amigo de un filósofo de la talla de Ro­­­­sales es algo que yo jamás hubiera podido imaginar en aquellos días de balbuceo filo­só­fi­­co, en los que tomé contacto por primera vez con su obra. Pero la apariencia de na­tu­ralidad que estas co­sas terminan adquiriendo inevitablemente con el paso del tiempo no de­bería llevar a que uno pierda an­te ellas la capacidad de asombro de los comienzos. Y en este caso particular, el asombro siempre renovado va insepa­ra­blemente unido también a la más sincera admiración.

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    Alejandro Vigo es profesor de filosofía en la Universidad de Navarra. El 2017 recibió el Premio Jannone de Filosofía.