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  • ¿Elecciones? Otra vez…

    Vamos a recordar y contar esta historia, ubicaremos para ello dos sujetos fundamentales: el Comunal y el Comunitario. En lo comunal quiero que suene fuerte y firme el modelo cubano, el soviet-tropical, el “poder popular”, desde el más claro concepto libio, que desplaza hasta hacer desaparecer lo comunitario.

    En lo comunitario quiero que resuene lo que somos, lo que nos define, “el homo convivalis”, la resistencia, lo cotidiano y ordinario, la vida en su “natural” discurrir. Lo comunitario como una expresión del mundo-de-vida popular, no el “poder popular”. Cuando a lo popular lo cargan de un poder que no es el suyo, lo desnaturalizan, lo sacan de su sentido, es el momento de la dominación.

    El camino de dominación en nuestras comunidades ha sido muy doloroso. El chavismo comenzó eliminando las pocas organizaciones que había; fueron eliminadas las viejas casas de partidos, las asociaciones de vecinos, etc. En la mayoría de nuestros barrios sólo quedó la Iglesia. Vivimos tiempos en los que en este país se dejó de hacer política.

    Reproduzco la expresión de Carmen, en Ojo de Agua: “Nos echaron a un lado, nos quitaron las organizaciones que teníamos, se apoderaron de todo. Son un pequeño grupo y creen que pueden dominar a toda la comunidad, nosotros somos más, pero ellos están apoyados por el gobierno y se nos imponen a la fuerza”; refiriéndose a los Consejos Comunales.

    Nuestras comunidades tienen conciencia de ser mayoría frente a una poderosa minoría apoyada por todo el poder del Estado. Este proceso de eliminación se ha vivido con mucho dolor. En soledad comunitaria, sin acompañamiento político, resistiendo y usando los bines y servicios monopolizados por el Estado porque no hay más remedio. Resistir es pervivir, necesitamos estar vivos para luchar.

    Comunidad es cultura, fuerza y resiliencia-insumisión. Las protestas son una muestra, 4.400 hemos registrado en el Observatorios Social y Humanitario en el primer semestre del año. Frente al aparato comunal puede pensarse el contra poder no movido por los hilos de la dominación del régimen.

    En cambio, el aparato comunal, el “poder popular”, es una minoría con estructura. En las comunas está todo el poder del Estado: Frente Francisco de Miranda, UNAMUJER y las UBCH. Ideología, aparato de control y maquinaria electoral engrasada con la amenaza, el terror y la manipulación.

    Un dirigente comunal chavista nos dice lo siguiente: “Nuestro movimiento es electoral, estamos en movilizaciones, en política, en logística, seguridad integral. De toda esta estructura sale un plan “D”, del día de cada elección.”

    Las “elecciones” están metidas en el diseño del control, no es un detalle menor, ni un accidente. Constituye uno de los mecanismos esenciales en la dominación. Nos sigue diciendo Pablo: “Mantenemos un grupo, un colectivo de organizaciones como CLAP, UBCH, Somos Venezuela, que son los que activan política y electoralmente, cuando viene un proceso electoral.”

    Con esta estructura, ¿se plantea el régimen unas elecciones para perderlas? El fraude no está en un momento del proceso electoral, es su totalidad, constituye, se hace desde él. Sin fraude no hay “elección”. En exploraciones recientes, en el Centro de Investigaciones Populares hemos encontrado que las comunidades están claras en la naturaleza fraudulenta del voto.

    A estas alturas es inadmisible que un grupo del estamento “opositor” se plantee siquiera esta vía para salir de la dominación. ¿Por qué es tan difícil situarse y proyectar desde el contra poder? En este camino –para decirlo con Havel Vaclav–nos tocará pensar el poder de los sin poder.

     

     

     

     

     

     

     

  • Poemas de Alejandro Oliveros

    EXILIOS

    Cielos

    Mucho antes que la tierra,

    perdimos el cielo

    de los trópicos natales.

    Su luz incesante

    sin escarchas invernales,

    las nubes sin hielo

    ni oscuridades. Y el azul

    protector sobre mangos,

    bucares y cañaverales.

    También perdimos del trópico

    las noches más cordiales,

    las brisas del páramo

    y la sal de los mares;

    las estrellas del camino,

    que aprendieron nuestros

    nombres y vocales,

    los sonidos conocidos

    de grillos y jaguares.

    Cuando cierres la puerta

    y ajustes ventanales,

    y tomes los caminos

    para nada familiares,

    mira el cielo que pierdes,

    allí quedan tus señales,

    los rasgos y los sueños

    que fueron iniciales.

    Más allá están las nieves

    y crueles vendavales.

    **

    Bárbaros

                       A Herman Sifontes

    Llegaron por mar,

    los bárbaros;

    sus barbudos cadáveres

    fueron cubiertos

    por la arena.

    Eso fue hace mucho tiempo

    pero lo recuerdo bien,

    creíamos que se habían

    marchado para siempre.

    La segunda vez

    no llegaron por mar

    ni por ninguna parte.

    Dormían con nosotros,

    en el mismo lecho,

    bajo el mismo techo.

    Destruyeron

    todo lo que amábamos.

    Cuando se retiren

    –los bárbaros siempre se retiran–,

    no construiremos más murallas,

    levantaremos puentes,

    para estar más cerca del agua.

    **

    Sueño de un estudiante en el exilio

    La ciudad no había cambiado;

    el metro, como siempre,

    nos dejó en la estación

    las Tres Gracias.

    Los profesores conversaban

    en el cafetín antes de clases;

    un curso sobre Gógol,

    y otro sobre Macbeth.

    Después, unas cervezas

    en Las Américas,

    y la caminata hasta tu casa

    en Los Caobos.

    Las noches eran serenas

    bajo la silueta protectora del Ávila.

    Un viento helado

    abre la ventana.

    El sueño se interrumpe;

    afuera, una noche ajena,

    la soledad y el derrumbe.

    **

    Pérdida del reino

    A dónde irán a dar

    estos valles musicales,

    con sus aromas,

    a guayaba y miel?

    Estos remansos y canales

    para los días de sed,

    ¿frente a qué mares

    o lagos y corrientes,

    terminarán después?

    Las colinas doradas

    de estos senos,

    recorridos a ciegas

    en claras madrugadas,

    bajo qué cielo

    van a despertar mañana?

    Última mirada

    para este reino

    de turgentes carnes,

    y lisura de manzanas

    que estuvo para mí.

    **

    Vuelta de las cruzadas

    Regreso, después

    de muchos años de cruzado,

    al país natal.

    La guerra aquí

    no ha terminado.

    Los tucanes de largos

    picos han sido

    enterrados. Y los azulejos

    duermen a su lado.

    Los cazadores,

    de rojos brazos,

    bajan de los cerros

    con armas y caballos.

    Sus rostros son crueles

    y sus gestos despiadados

    En lo más alto del árbol,

    sentimos al arrendajo cuando,

    en su canto, nos dice:

    “La guerra no ha terminado,

    todavía falta tiempo

    para que el reino sea liberado”.

    **

    Mesas

    Hemos aprendido

    a comer

    en mesas vacías.

    Las sillas sobran

    en nuestras casas.

    Ya nadie se sienta

    a compartir el aroma

    de los hervidos,

    ni los humos

    de nuestras brasas.

    Primero fueron

    las apresuradas maletas

    de los hijos. Después,

    con sus libros bajo el brazo,

    le tocó a los amigos,

    por todo el mundo

    pidiendo asilo.

    Nuestras mesas

    han perdido el equilibrio,

    dos en una punta,

    cuatro en el vacío.

    **

    Mesa de trabajo

    En las horas más pequeñas,

    antes de que los gallos

    se pierdan en el cielo,

    escribo entre tus piernas,

    donde quedaron

    mis plumas y libros en el suelo.

    Es mi mesa de trabajo,

    aquí escribo con mis dedos

    los cuentos y poemas

    en las hojas de tu cuerpo.

    En una casa lejana han quedado

    todos mis libros y papeles,

    las ediciones de Catulo y Horacio

    y el teatro entero de Shakespeare.

    Lejos de mis cuadernos, solo

    me queda el papel de tus pieles,

    en estas horas tan pequeñas,

    cuando son ciegas las paredes.

    **

    Objetos

    Con la mudanza

    hemos dejado, sin puertas

    ni ventanas,

    los objetos en una caja.

    La máscara veneciana

    de un año nuevo lejano,

    la jaula con sus helechos

    y un búho de porcelana.

    Se quejan en su silencio,

    y por la noche sentimos

    la tristeza de sus gestos;

    un diálogo interrumpido,

    más preciso y más sincero.

    Yo siempre me he sentido

    de parte de las cosas;

    desde mi primer libro,

    llamado Espacios,

    donde canté sus alegrías

    y penas a nuestro lado.

    Cuando me toque el exilio,

    se quedarán en la casa,

    absortos ya y callados,

    los objetos en una caja.

    **

    Pequeña épica

    Al salir de Ítaca,

    en contra de su voluntad,

    Ulises sabía

    que un día iba a regresar.

    Eneas no podía

    de esa manera hablar;

    de su amada Troya

    ni una teja iba a quedar;

    adelante lo esperaban

    el peligroso amor

    y una ciudad por fundar.

    Cuando emprendas tu viaje,

    sin saber dónde llegar,

    ruega a tus dioses

    que no te hagan demorar;

    y, segura del regreso,

    tu casa deje de esperar.

    **

    Ríos

               El Tajo no es el río…

               Pessoa

    El río que pasa

    por mi casa,

    no se llama Támesis,

    ni alberga

    grandes navíos

    que cruzan el Atlántico.

    Tampoco es el Hudson,

    por donde entraron a América

    millones de inmigrantes

    huyendo del hambre en las calles

    y las enfermedades.

    Las aguas del río que pasa

    por mi casa

    son quietas y pequeñas,

    el que quiera irse lejos

    debe buscar otra manera.

    Las corrientes del río que pasa

    por mi casa

    no van a ninguna parte,

    se quedan siempre a mi lado

    esperando la primavera.

    **

    Mapas

    Somos habitantes

    sin ninguna plaza.

    Las fronteras de esta tierra

    no se corresponden

    con nuestros mapas.

    Las montañas son más

    frías, pero menos altas;

    los ríos más tranquilos,

    sin boas ni pirañas;

    los llanos existen, aunque

    sin las sequías que matan;

    y los mares son azules,

    mas sin uvas en las ramas.

    No nos encontramos

    en estas cartas;

    en la rosa de los vientos

    no se ve una sola raya.

    Nuestros bordes

    se perdieron,

    y con ellos nuestras casas.

    **

    Lamento de un exiliado que duerme a su hija

    “Mañana, cuando

    regreses al país natal,

    dime si los apamates

    cerca de la casa,

    están a punto de florear;

    y si, desde el Ávila,

    los azules del cielo

    se han tendido sobre el mar.

    Tú puedes hacerlo,

    yo aún tengo que esperar”.

    Mientras, mi hija,

    que no lo conoce,

    antes de dormir

    me vuelve a preguntar,

    “Cuándo regresamos

    a tu país natal?”. 

    ___________________________________________________________________________

    Alejandro Oliveros (1948), además de poeta, es ensayista, crítico literario, traductor y editor. Fundador de la revista Poesía, es autor de una decena de libros de poesía, cinco colecciones de ensayos y dieciséis volúmenes de diarios literarios.

  • ¿Autodeterminación de los pueblos?

    Idea hasta ahora más abstracta que otra cosa aunque se proclama como principio de valor internacional (y así debería ser), si bien nunca ha sido incluida oficialmente en la lista plenamente aceptada de la “Declaración de los derechos humanos”, supuestamente universales. Quizás, precisamente, porque sería un derecho social o de todo un pueblo y no individual. Los derechos sociales están todavía muy por debajo en importancia y aceptación de los individuales. Ahora bien, este sustantivo (autodeterminación) debiera ser precedido por el calificativo “libre”, pero, aunque normalmente se sobreentiende, no forma parte de su uso explícito más frecuente.

    Esto es muy importante porque si se supone que es el derecho que tiene un pueblo de decidir sus propias formas de gobierno, la libertad está implicada necesariamente en el verbo “decidir”, pues si no se puede hacer eso en libertad, ¿de qué decisión de un pueblo puede tratarse? Si la libertad no está clara, plena y compartida por los que componen ese pueblo, la decisión no será suya sino de otro.

    El derecho de autodeterminación se ha aplicado sobre todo a la descolonización, con mejor o peor fortuna, y aparece con mucha frecuencia en los tratados de derecho internacional, así como en las declaraciones de muy diverso tipo de la ONU; pero ¿hasta dónde se puede hablar de autodeterminación de un pueblo dentro de la propia nación y del propio Estado? La historia, sobre todo la reciente, y la más inmediata experiencia nos enseña que bajo dicha expresión, de hecho demasiadas veces, el sujeto del supuesto derecho de autodeterminación no es el pueblo mismo, como se proclama, sino el gobierno que está mandando en el país en cuestión, sea lícita, en Estados democráticos, o ilícitamente como en nuestro estado actual.

    La licitud o la ilicitud de la asunción o la permanencia en el poder de un gobierno no es difícil de constatar a pesar de las caretas, trampas y demás mecanismos de los que este se sirva para ocultar el hecho cuando de la ilicitud se trata. Para eso están todos los instrumentos que la democracia pone a disposición de cada pueblo, hoy ampliamente conocidos.

    Este asunto de la autodeterminación está indisolublemente ligado con otro que en particular a nosotros los venezolanos de hoy nos toca viva y trágicamente: la licitud o ilicitud, ya en el plano internacional, de la intervención de un Estado extranjero en los asuntos de gobierno de otro.

    Aquí ahora la pregunta crucial es por el derecho que tiene un pueblo de ser protegido por un Estado que no es el suyo cuando se halla sometido a la fuerza por una forma de gobierno tiránica y comprobadamente injusta, de la cual no está en condiciones ni posibilidades de liberarse por su propia cuenta. Mucho y bien se está hablando de ese derecho de protección, sobre todo cuando lícitamente ese pueblo lo solicita.

    ¿Qué nos falta a nosotros para poder recurrir lícitamente a esta solicitud de protección? Tenemos la instancia política que lo puede hacer, la Asamblea Nacional elegida según todas las reglas que el sistema democrático exige; tenemos el estado de necesidad extrema del pueblo que ya no puede sobrevivir por obra de la tiranía criminal a la que está sometido y tenemos la voluntad clara de este pueblo, expresada en todas las encuestas de opinión, en la calle y en cualquier otro medio a nuestra disposición. La licitud de esa demanda está hoy fuera de toda discusión. Sobre esto no puede haber duda alguna. Sí es importante que esa deseada intervención sea eficaz, pacífica y humanitaria, esto es, excluyendo los riesgos de dominación que pudieran estar encubiertos.

  • La ruta de la crueldad (III)

    Tomaré el tema de este artículo de la historia-de-vida de un oficial del ejército tal como él la narra, intercalando mis comentarios, para continuar y concluir con él por ahora lo ya expuesto sobre la ruta de la crueldad.

    Cuenta mi personaje cómo respondió a una pedrada que le lanzaron desde la fachada de una universidad, que no nombro para evitar la identificación, durante una revuelta estudiantil en tiempos anteriores a Chávez y su revolución.

    “…Una piedra me golpeó en la rodilla (…) me dolió tanto que casi me rompió el pantalón de campaña (…) tranquilo, ya te vamos a relevar –dijo el capitán –. No, yo me voy atrás (…) iban tres camiones del ejército con soldados (…) el capitán ordenó no disparar. Yo, como no pertenecía a su compañía, pues llegué y cargué el fal, y pensé: bueno, si a mí me cae una piedra le echo plomo a esto (…) bueno, así mismo fue. Cuando pasaron los camiones también le cayeron a piedras y no hubo ningún tipo de reacción por parte de ellos. Yo iba detrás con mi jeep (…). Cuando cayó una piedra en el capó (del jeep mío), voltié el fal y desde el mismo jeep lo descargué en las puertas de la universidad”. El resultado fue de catorce heridos y dos estudiantes muertos. “…El capitán me llamó —¿Por qué usted hizo eso?

    —Bueno, porque me cayeron a piedras”.

    Le dieron la orden de irse al comando y presentarse al coronel. El coronel lo mandó para su habitación y que se mantuviera en ella sin salir. De ahí pasa a las órdenes de su comandante de batallón y éste le dice: “—Tranquilo, eso lo vamos a solucionar”.

    El suceso despierta todo un problema entre los oficiales de modo que, como él narra, “—me pararon delante de unos setenta oficiales de todas las fuerzas (…) me preguntaron y yo les dije que sí, que yo había tomado esa decisión porque el reglamento del servicio en guarnición dice que el militar puede hacer uso de las armas”. Buscan el reglamento y en él, según dice el mismo personaje que cuenta su historia, aparece un artículo que reza: “El militar debe hacer uso de las armas cuando sea atacado en forma directa por arma contundente, arma de fuego, o arma blanca”. La respuesta inmediata del general: “—El oficial tiene razón”. La propuesta de los oficiales fue que lo cambiaran para otro puesto de servicio, pero el general dijo enfáticamente: “—No, déjeme este hombre afuera porque esta es la gente que necesitamos. Así que me lo saca pa’ la calle en la mañana otra vez”. Salió, pues, y siguió su vida normal dentro de la milicia en la que el mismo militar fue autor después de otros crímenes y delitos de toda clase sin sufrir nunca ninguna molestia. Su caso pasó por tribunales, porque hizo demasiado escándalo, pero sin consecuencias significativas para el sujeto implicado, hasta que, a los tres años, fue sobreseído por el mismo presidente de la República. Todos esos crímenes los cometió mientras estuvo dentro de la institución. Acabó saliendo luego del ejército y entonces sí fue a la cárcel pero no por ninguno de ellos sino por haberse implicado, ya fuera de la milicia, en problemas de narcotráfico.

    Lo que más impacta de este auto-relato es sobre todo la actuación de la institución, casi monolítica para mantener la impunidad del personaje, desde el “eso lo vamos a solucionar”, hasta el culmen: “Esta es la gente que necesitamos”. No podemos saber, porque no nos lo cuenta, cómo fue llevado el juicio hasta llegar al sobreseimiento presidencial pero nos quedan claras sobre todo dos cosas: la arbitrariedad y la citada impunidad. Arbitrariedad en la misma interpretación de un supuesto (o verdadero, para el caso es lo mismo) reglamento, interpretado muy a la ligera en un caso gravísimo, en la decisión, incluso laudatoria, de la máxima autoridad y en la absoluta libertad con la que un uniformado puede ejecutar cualquier delito.

    Nuestra conclusión al finalizar el estudio fue precisamente esa: que la ley y los reglamentos pueden estar bien concebidos y resultar respetuosos de los derechos humanos, pero en la ruta de la vida militar circula otra ley no escrita. Esta es la que funciona en la mayoría de los casos, excluyendo ciertamente algunas honestidades por supuesto, y es la que estamos tristemente experimentando cada día en nuestra actual realidad nacional.

    ¿No es por esta vía por la que discurre la clásica cabeza de un militar? Si esto es así, y creo que lo es, no podemos, ni debemos, esperar una real liberación de esta opresión por su medio.

    ciporama@gmail.com

     

  • La ruta de la crueldad (II)

    Lo que escribo a continuación es el testimonio literal de un capitán en ejercicio de la Guardia Nacional, honesto a carta cabal y bien intencionado, hoy fallecido. En este relato el lector podrá constatar con claridad cómo, una vez dentro del sistema militar, la ruta puede funcionar por su cuenta, independiente de la voluntad del actor, cuando este se encamina por ella, simplemente al poner en marcha, hasta inconscientemente, su lógica interna.

    “Mira esto que yo hice: Llego yo en mi motocicleta, vestido con una chaqueta; el uniforme. debajo; la gorra y mi guerrera en el maletín de la moto y me meto en un estacionamiento donde me paro todos los días. Estaba de comisión en un ministerio. Ese día le habían dejado el estacionamiento a dos portugueses que iban a hacer un trabajo allí y cerraron. Yo entré por el mismo hueco por donde entraba siempre con la moto y no me di cuenta de que no estaba operando ese día el estacionamiento. Empiezo a estacionarme, abro mi maletín, guardo el casco, saco la guerrera, me pongo mi gorra y cuando me estoy acomodando la guerrera, viene el portugués y me arma un escándalo, porque ¿con qué derecho entro yo ahí a estacionar mi moto? Y yo le digo al individuo: está bien, tiene razón. Yo me voy a ir y me voy a estacionar afuera, pero yo quiero decirle a usted, porque yo veo que usted es extranjero y no sabe cómo es la cosa, que usted no puede faltarme el respeto porque yo soy un oficial uniformado. Así se lo dije, con la mejor tranquilidad.

    Entonces, viene el individuo y sigue montado en cólera y me dice: “Es que ni que venga aquí el presidente de la república lo dejo estacionar”. Y entonces le digo: “¿Ah sí? Okey”. Me vuelvo a poner mi chaquetica, guardo la guerrera y tal, saco la moto, la pongo para allá, subo a mi oficina y llamo por teléfono al destacamento móvil. Para desgracia del pobre hombre, me atiende un subteniente recién graduado y le dije lo sucedido. “Un momentico, mi capitán, dígaselo a mi capitán fulano que está aquí”.  Me atiende un capitán que yo no sé quién es y  le digo exactamente lo que pasó. “¿Dónde está usted, capitán?” Y le digo: “En tal parte”. “Espérenos ahí, pero espérenos abajo porque los guardias tienen que saber dónde es”. Me voy a esperarlos. Había mucho tráfico en la avenida. No habían pasado diez minutos, cuando de repente oigo una sirena. Se para el tráfico y veo que viene una camioneta de la Guardia, de la cual bajan una cantidad de guardias con casco y empiezan a marchar: ¡pras!, ¡pras!, ¡pras!, por la calle. Yo me pongo a pensar: ¿qué será esto? No me podía imaginar que se trataba de nada de lo que yo había desencadenado. Cuando llegan adonde estoy yo, se me para el mencionado subteniente: “Mi capitán, ¿dónde está el individuo?” “Es aquel que está allá”. A ese individuo lo han agarrado y le dieron coña.. hasta por el cielo de la boca. Y después, cuando el tipo estaba prácticamente desmayado, ya terminó por fin de llegar la camioneta, que se había comido el tráfico por la vía que no era y lo han metido dentro de esa camioneta como un saco de papas. Y se lo llevaron.

    Yo, alienado como estaba, simple y llanamente me olvido de ese asunto. Ese es un asunto que ya pasó. Y me voy a mi oficina. Tres días más tarde se presenta en el ministerio y pide cita con el ministro el otro compañero que trabajaba en el estacionamiento.  Me llama la directora de recursos humanos horrorizada con el cuento que le estaba echando el hombre, porque el tipo estaba desaparecido. Horrorizada de que encima yo no tenía ningún problema en admitir aquello. La directora de recursos humanos se atrevió a levantarme la voz cuando empezó a decirme eso, a lo cual yo le respondí: “Si tú me faltas el respeto a ti te planeo también”. Y me di la vuelta y le tiré la puerta en la cara. Así mismo. Yo quedé con la cuestión en la cabeza de que el tipo estaba desaparecido y, porque todavía me queda un poquito de la otra moral, de la moral que ya traigo de mi familia, empecé a angustiarme pensando que a lo mejor a ese tipo lo rasparon y empiezo a averiguar dónde está el tipo. Resulta que el tipo fue pasado de una jefatura para otra hasta que por fin entre la última lo habían pasado a la que originalmente tendría que haber ido, que era la de la Candelaria. Voy a la jefatura de la Candelaria. Llego a la Candelaria:

    —Mire, ¿aquí está preso fulano de tal?

    —Sí mi capitán.

    —Bueno, yo quiero que lo suelten

    —Bueno, vamos a consultar.

    —¿Por qué lo va a consultar?

    —Porque en las condiciones que está no puede salir.

    —¿Y lo puedo ver?

    —Sí, como no, pase.

    El tipo estaba metido en un charco, bañado de mier…; metido en una esquina vuelto leña, con sangre por todos lados, marcado por todos los sitios donde te puedas imaginar. Era una piltrafa lo que estaba ahí. Y entonces el tipo me dijo: “Mire, yo pienso que mínimo por lo menos tres días para que el hombre pueda salir caminando. Cero atención médica, cero nada”.

    O sea, que este que te está hablando de casualidad es responsable de un muerto.

    Soltaron al individuo ¿y tú que crees qué me pasó? Nada. Después que tú le das al suiche, “on”, empieza a funcionar todo un sistema que no lo puedes parar ni tú mismo. Eso es lo peor de la cosa. A lo mejor lo prendes y no sabes que aquello sigue funcionando y no sabes dónde termina; igual termina el tipo muerto”.

    ciporama@gmail.com

  • La violencia sigue aumentando

    El Observatorio Venezolano de Violencia al que nos hemos referido en el artículo anterior, da las razones que, según supone, pueden explicar la disminución de la tasa de muertes en 2018. En efecto, los datos de que dispone indican que en ese año ha disminuido de 89, en 2017, a 81,4. Sigue siendo altísima, por cierto, tanto que nos sitúa como el país de mayor violencia en toda América. Sin embargo, hay que buscar las explicaciones de esta aparente y relativamente buena noticia. Y el Observatorio da algunas. La primera dice: “Puede ser la acción de exterminio policial”. Las OLP y otras de semejante criminal contundencia han sido casi cotidianas. En ellas, sin respeto alguno por los más elementales derechos humanos, las fuerzas del “orden” (de exterminio, mejor) han actuado por todo el país. El Estado, pues, ha sustituido eficientemente al malandro. Según esto, nuestro Estado se ha ido convirtiendo en un Estado criminal, como ya dijimos. El ciudadano debe cuidarse de él como de un delincuente más, bien organizado, uniformado, a veces encapuchado, y siempre impune. Un delincuente que actúa con demasiada frecuencia tanto contra el culpable como contra el inocente. Tampoco al culpable tiene derecho de asesinar sin más. Vale la pena repetirlo.

    Otra razón sería, según el informe, “la variación de las modalidades del delito”. Estas han ido progresivamente cambiando a medida que ha ido variando el estado de la economía y de la sociedad en general. En efecto, ya los delincuentes no se centran tanto en adquirir el efectivo, que prácticamente ha desaparecido, sino en las pertenencias objetivas como la comida, que es lo que más escasea, para consumir y revender a precios totalmente abusivos eliminando, si es necesario, al poseedor. Por eso ha habido cambio también en los lugares afectados por el crimen. De las ciudades ha ido extendiéndose a los campos y a los pequeños poblados del interior donde pueden encontrase más fácilmente los alimentos necesitados y donde la defensa contra los robos y asesinatos es más débil.

    Añade el Laboratorio, como otra causa de la disminución, la emigración. Si los primeros emigrantes fueron de la clase media, ahora el grueso de la emigración, los llamados “caminantes”, entre otros, está formado por gente hambrienta, depauperada hasta el extremo y que huye además de la inseguridad que el mismo malandraje produce. Entre quienes emigran, se infiltran criminales que escapan de la policía o de las bandas rivales y buscan en el extranjero nuevos lugares para su actuación. Esto está alimentando una xenofobia en nuestros países hermanos, como en Perú y Ecuador, completamente injusta, porque afecta y seguirá afectando a todos los venezolanos que en su inmensa mayoría son totalmente honestos. El desastre social y económico de este régimen produce así sus malignos efectos incluso más allá de nuestras fronteras.

    A todo esto habría que añadir el número de delitos violentos que nunca será conocido porque no aparece en ningún informe de ningún tipo, eso que se entiende como las “cifras negras”. ¿Quién puede conocer, por ejemplo, los crímenes que suceden todos los días dentro del “arco minero” o en todo el territorio de las minas legales e ilegales? ¿Cómo computar los crímenes que suceden en la extensísima zona fronteriza que quedarán para siempre ocultos y nunca denunciados por nadie, las víctimas que no tienen en esos lugares ningún familiar, por ejemplo? Desgraciadamente, la violencia criminal en Venezuela no tiene hoy límite alguno, ni conocido ni desconocido porque, además, el mismo régimen se encarga de aumentarla y ocultar su verdad. Por todas estas razones me atrevo a pensar que la disminución señalada por la estadística ha de ser más ficticia que real,. Hay que repetir sin descanso que no nos libraremos de ella si no nos libramos antes del régimen totalitario y opresor que padecemos. Solo entonces podremos pensar en ir poco a poco tomando las medidas adecuadas para superar este problema que nos agobia. Sabemos que no será fácil y tomará mucho tiempo pues el mal está ya tan arraigado y extendido que nos exigirá un esfuerzo gigantesco y el acuerdo de toda la sociedad en esa empresa.

    ciporama@gmail.com

  • La ruta de la crueldad

    Este régimen ha inventado toda clase de rutas. Desde la más famosa, la ruta de la empanada, la única que tuvo unos inicios, hasta la ruta del chocolate. Todas fracasadas. Hay, sin embargo, una ruta que no ha tenido propiamente ese nombre pero que ha sido y sigue siendo, tristemente, la más exitosa. La llamo: la ruta de la crueldad.

    Ante los terribles crímenes que los militares de todas las fuerzas, pero sobre todo de la GNB, han ejecutado, nuestra gente se pregunta cómo es posible que seres humanos con familia y vida aparentemente normal cuando no están en el ejercicio de sus actividades típicamente profesionales de represión, puedan ser tan crueles e irrespetuosos de los más elementales derechos humanos.

    En el CIP hemos investigado también sobre esto sirviéndonos de historias-de-vida de militares retirados. Incluso, cuando publicamos los dos volúmenes del libro Y salimos a matar gente, pensamos en incluir, entre las historias de los delincuentes, alguna de militares y por distintas razones no nos decidimos a publicarlas. Lo interesante de estas historias es que en ellas estaba claro que actuaron cruelmente mientras estaban dentro de la institución a la que pertenecieron, pero ni antes de entrar en ella ni después de haber salido.

    Quien esto escribe realizó luego algunas entrevistas con otros militares específicamente sobre este tema a partir de la pregunta aquí planteada, esto es, inquiriendo cómo se llega a desarrollar una actitud tan indiferente al dolor y el sufrimiento de otras personas hasta el punto de ejecutar las acciones más crueles. Sus respuestas me fueron diseñando lo que aquí llamo “la ruta de la crueldad”. Es en efecto un camino que se recorre, que el sistema mismo va diseñando y por el que se llega incluso a la tortura.

    “Yo quisiera empezar explicándote –dice uno de mis entrevistados– qué pasa en una academia militar porque yo fui cadete (…), en la academia el sistema disciplinario interno hace que haya castigos corporales (…); por ejemplo, tú cometiste una falta x; yo salgo, cojo el casco y te doy un cascazo (…) te puede haber dolido el cascazo mucho; nada grave (…) el cuento es que él casqueará a otro y conversará con sus compañeros de que le dieron un cascazo y se morirá de la risa (…); el sistema agarra una persona, la desocializa y la resocializa nuevamente (…), el sistema militar está basado en una obediencia ciega, en una disciplina, una jerarquía, un sistema muy claro; empiezan a funcionar como una máquina”. El referido cascazo es un hecho banal, según la mentalidad del que lo hace. Por aquí se inicia la ruta: la indiferencia ante el dolor y el daño ajenos. Es, además, un hecho arbitrario, fuera de reglamento, pero aceptado como normal dentro del sistema. Al principio, parece irrelevante, pero pone en marcha el proceso que acaba en lo que Hannah Arendt ha llamado “la banalidad del mal”. El daño al otro se vuelve parte de la normalidad de la profesión cuando se hace dentro de las normas establecidas o fuera de ellas pero aceptado por la autoridad que no solo lo permite sino que lo impone dentro de la obediencia a la que se está ciegamente sometido. Así se va formando en la persona una especie de “moral” resocializada, hecha de obediencia ciega y respeto absoluto a la autoridad, que endurece y distorsiona la conciencia subjetiva.

    Lo que hemos encontrado en las historias-de-vida es que la autoridad dentro del estamento militar se ejerce en último término con arbitrariedad e impunidad. Por supuesto, hay algunos que se atienen a las leyes, que de golpe, como dice uno de mis entrevistados, le sale la otra moral, la que trae desde la infancia y educación familiar, la no resocializada por el sistema.

    No hay, pues, que extrañarse de la ferocidad con que actúan, sobre todo la GNB. No es previsible que echen para atrás en esta ruta del atropello y la crueldad. Esta ferocidad está autorizada o, por lo menos, al final, resultará totalmente impune aunque aparentemente, para la galería, parezca que es castigada. En las manifestaciones, seamos cautos y sepamos protegernos.

    No podemos esperar ninguna humanidad del régimen. Ella nos vendrá de Dios y de nuestra inteligente prudencia.

    ciporama@gmail.com

  • Habitados por la violencia

    “La violencia presenta nuevos rostros en el país: el empobrecimiento y la letalidad policial”. Así comienza el nuevo informe, el de 2018, del Observatorio Venezolano de Violencia elaborado por las ocho universidades más prestigiosas de Venezuela y dirigido por Roberto Briceño-León.

    He dedicado mucho tiempo y espacio durante años a mis investigaciones, especialmente de tipo cualitativo y con historias-de-vida, sobre la violencia en nuestro país. Lastimosamente este trabajo ya no lo puedo continuar por impedimentos de salud pero sigo lo que otros hacen con preocupación y angustia. A pesar de todo el esfuerzo que se ha hecho mediante publicaciones y estudios muy serios para alertar a las autoridades de que el camino que se sigue y se ha seguido hace ya muchos años no solo no tiende a resolver el trágico problema sino que lo agudiza y expande permitiéndole asumir nuevas formas y conquistando nuevos espacios, ellas han hecho caso omiso y han continuado con los mismos métodos y la misma mentalidad. Es lo que se deduce de este informe absolutamente digno de crédito por estar bien sustentado en metodología científica competente y seriamente profesional.

    Es cierto que en él se constata una pequeña disminución de la cantidad de homicidios pero con una tasa de 81,4 por cada 100.000 habitantes nos situamos como el país donde se da la mayor violencia de toda América Latina. Si consideramos que el límite máximo que fija la OMS para establecer que un país sufre una epidemia de violencia es de una tasa de 10 muertes por 100.000 habitantes, entre nosotros este límite se multiplica por 8. Pero no es esto lo más grave de todo. A nuestro entender, lo verdaderamente grave es el increíble aumento de los homicidios cometido por las fuerzas de seguridad del Estado, policiales y militares. Las cifras asustan: 10.422 serían los homicidios cometidos por los clásicos malandros, pero 7.523 por “resistencia a la autoridad” y 5.102 catalogados como “averiguación de muerte”. Total: 12.625. Tanto la resistencia a la autoridad como la averiguación de muerte son las formas camufladas de esconder bajo un eufemismo lo que todo el mundo sabe que han de considerarse como ejecuciones extrajudiciales. El Estado venezolano puede así ser considerado realmente como un Estado asesino, sin ningún tipo de eufemismos. Si el otro nuevo rostro de la violencia, como dice el Observatorio, es el empobrecimiento, también atribuible como causa a la forma que tiene el régimen de gobernar el país, por uno y otro camino llegamos a la misma conclusión. Esto es lo que más nos preocupa realmente. Los malandros matan menos (y el informe da las razones sobre las que nos detendremos en otro momento) pero el Estado mata mucho más.

    Este mismo Estado aducirá sin duda la leve disminución de los delitos de muerte por parte de los delincuentes comunes a la acción de operaciones tipo OLP, en las que caen y han caído tanto culpables como gente inocente indiscriminadamente y que se hacen siempre sin tener en cuenta para nada la preservación de los más elementales derechos humanos. A ningún delincuente, por muy criminal que sea, el Estado tiene derecho de matarlo sin más. Tantas muertes catalogadas de resistencia a la autoridad no puede nadie creer que han sucedido por la actuación violenta de las víctimas que por su obstinación pusieron seriamente en peligro la vida de la autoridad que las enfrentaba. Aunque mucha de la opinión pública pudiera estar de acuerdo porque así cree que nos libramos de los que son un grave peligro para todos, una actuación irresponsable de este tipo aumenta al máximo la inseguridad de la vida de la población entera, pues la absoluta impunidad de la que gozan quienes así operan avalados por el uniforme y respaldados por la institución hace a toda la ciudadanía vulnerable.

    No se logrará una mejoría en esta situación sin un cambio total de régimen pues ya se sabe que este no parece estar dispuesto a modificar su conducta la cual no puede tener otro nombre sino el de violencia institucionalizada.

    ciporama@gmail.com

  • Más allá del cinismo

    Hablar o escribir, de una u otra manera, sobre la corrupción en la Venezuela chavista se ha hecho tan ordinario que ya hoy es hasta cansino. Pero por mucho que nos canse, no debemos pasarlo por alto. Sin embargo, se está imponiendo una tendencia sumamente peligrosa y que se manifiesta en expresiones tales como “Venezuela es un país de corruptos” o “Aquí todo el mundo es mafioso” y otras por el estilo. Generalizar siempre es incluir en esa generalización a quien cabe justamente en ella y a quien no tiene nada que ver con el tema de que se trata. Cuando, como en este caso, se está atribuyendo algo tan perverso a todo un pueblo, la injusticia es evidente y muy grave. Es importante no hacer atribuciones de este tipo.

    Hoy estamos claros en que la corrupción, especialmente la que más nos escandaliza, es, sobre todo, propiedad de un pequeño grupo de pervertidos que por el puesto que ocupan o han ocupado en los ámbitos del poder y sus aledaños, tienen acceso a los bienes públicos y pueden así servirse de ellos a su capricho impunemente. Y no son tantos aunque sí excesivamente escandalosos. Existe, por supuesto, esa corrupción más o menos importante, tipo “bachaquero”, por ejemplo, que suele aparecer siempre que se dan las circunstancias como estas de anarquía, desorden y fácil impunidad, pero nada de esto justifica decir que somos un pueblo de inmorales por nuestra historia, nuestra tradición, incluso desde la Colonia, o nuestra composición étnica de mestizos.

    La situación por la que estamos pasando tenemos que pensar que es transitoria y, aunque ciertamente nos costará mucho rehacernos de ella, no podemos decir que haya dañado profundamente nuestro sentido de la honestidad o nuestra capacidad de discernir el bien del mal y optar por lo que debe ser. Es verdad que el cinismo con el que en general estos corruptos desenfadadamente se muestran, es tan osado que va más allá de todos los límites imaginables, pero nuestro pueblo se ha resistido sólidamente a seguirlos sin más en su perversión. La gente continúa distinguiendo muy bien, porque además sufre las consecuencias de sus actos criminales, entre el malandro, pues por mucha que sea su fortuna mal habida merece este calificativo, y la persona de bien.

    En esto está nuestra fuerza moral y vital. No la hemos perdido. Sobre esta fuerza, nos seguimos manteniendo. De ella se nutren las raíces profundas, de las que hablaba Ugalde en uno de sus últimos artículos, las que garantizan el reverdecimiento de los samanes después del tiempo de verano, que pasará, en nuestras llanuras.

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  • Nació el antipoder

    La historia del mundo, de los hombres que vivimos y morimos aquí, ha sido desde sus inicios la historia de unos hombres sometidos al poder de otros hombres. Y decimos bien cuando usamos el término sometidos porque el poder es en el fondo la capacidad efectiva que tienen algunos para conseguir que otros hombres, libres por naturaleza, hagan, digan o piensen lo que no harían, ni dirían, ni pensarían por su propia voluntad. Es el secuestro, al fin y al cabo violento, de lo más íntimo de la propia personalidad de los otros. A lo largo de esa historia, y muy lentamente, algunos pueblos y sociedades han ido logrando una progresiva liberación de ese dominio, nunca completa y siempre en peligro de regresión. Hoy, a esa relativa y precaria liberación la hemos llamado democracia.

    Pero no hemos conocido en toda nuestra historia un hombre tan radicalmente ejemplar, desde su nacimiento hasta su muerte, en su lucha contra el poder como Jesús de Nazaret. Puede decirse que toda, absolutamente toda, su vida discurrió en el extra y en el contra de todo poder y de todos los poderes de este mundo. “Mi reino no es de este mundo”, le dijo a Pilato cuando se encontró totalmente bajo su dominio, civil y el de los jefes religiosos, esto es, el poder total, en el momento en que se ejercía al máximo. ¿Pero era también uno de otro mundo? No en el mismo sentido del término. Ni siquiera metafóricamente. Un poder que es solo concebible como su propia negación, como un no-poder. Esto surge con toda claridad del estudio hermenéutico de toda su historia de vida. ¿Cuando hablamos del “poder de Dios” no estamos blasfemando? El Dios que revela Jesucristo es el no-poderoso, el totalmente impotente. Cuando usamos ese término mentimos porque el “poder de Dios” no ha de entenderse sino como liberación de la idea misma de poder.

    El hoy venezolano está marcado por el progresivo avance hacia la absoluta e implacable afirmación del poder de unos cuantos sobre todos nosotros, el dominio total hasta lo más íntimo de cada cual, hasta su alma. No nos ilusionemos ni nos dejemos engatusar por los muchos y variados mecanismos de engaño que ellos ponen en práctica. Esa gente nunca dice la verdad. La mentira es su ejercicio de poder. Por eso nuestra lucha ha de ser tan radical, tan sin concesiones, como radical es su pretensión. En esto, ejerciendo su fuerza antipoder, nos acompaña, no tengamos ninguna duda, el Dios de Jesucristo por su misma naturaleza, por su mismo modo de ser y existir. Incluso para los no creyentes, como ideal e impulso de liberación.

    ciporama@gmail.com