Nombre del autor:Alejandro Moreno

Opinion

Testimonio

Cedo aquí hoy la palabra a Julio, del CIP, narrando su sentir de migrante. “Es necesario narrar la experiencia de tantos venezolanos que han tenido que partir optando por la vida de los suyos o por ayudar a sus familias desde fuera. Desolación de aquello que ha sido lo más fundamental y propio de la vida misma. Porque es reinterpretar la práctica de la vida en momentos de gran crisis, de encontrarse en un proceso real de exterminio, de cómo ella se resiste y renueva en su forma de habérselas ante una inédita amenaza de su más íntima forma de realizarse.  Para nosotros, es un reto muy grande el seguir siendo venezolanos desde donde nos encontramos y vivir sin perder lo que ha sido nuestra esencia fundamental. Es un reto porque sencillamente la vida obligada-afuera, es una verdadera calamidad, un sin sabor tan desagradable, que se hace solo por garantizar la vida misma de la familia y de las personas que amamos.  Esta distancia nos ha trastocado desde lo más profundo de la existencia. Se experimenta un abismal vacío, un sentimiento de que nos hemos desperdigado y hasta la sensación de estar perdidos unos con otros. Lo más duro es que también siento que no hay mucha diferencia con los que se han quedado porque no pueden salir o sencillamente han decidido por una serie de razones bien respetables, quedarse en Venezuela, en lo que era nuestro nido y nuestro mundo, esos sentimientos reales de hallarse fracturado, roto, desprendido, arrancado del hogar, en el aíre, sin tocar piso en el real acontecimiento de ser y vivirse, desterrados, inclusive estando en la propia tierra.  Lo cierto es que el significado de esa experiencia sabe a descalabro y desentrañamiento. La esperanza no la logro ver con claridad. Lo que nos ha pasado, ha trascendido nuestra persona y nos ha condenado a ser extranjeros dentro y fuera de nuestra tierra. Extranjeros que sufren en carne propia, el oprobio de la maldad de un proyecto ideológico inhumano, excluyente y totalitario desde la semilla de toda su dinámica.  Los convivientes venezolanos en medio de este terrible proceso de exterminio llevado a cabo por una mentalidad ajena a lo que históricamente hemos sido, guardamos en nuestras más profundas y claras esperanzas aquello que nos da sentido de pertenencia y nos permite encontrarnos en apertura, en convivencia y solidaridad ante tan macabro proyecto. En ese acontecimiento por el cual todos hemos sido tocados, maltratados y golpeados, también se encuentra la Bondad y el Poder Supremo de Dios, en el cual aguardamos con fe contra toda evidencia”. ciporama@gmail.com

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La razón última de la emigración

Por mucho que se quiera disminuir la actual diáspora venezolana, estamos viviendo algo que nunca habíamos podido imaginar años atrás. Cuántas veces habremos dicho la expresión: “Aquí no se puede vivir”, como un dicho más, como una frase cualquiera cuando por cualquier banal motivo estábamos fastidiados. Nunca llegamos a pensar que pudiera algún día hacerse pura y simple realidad. He aquí que ese día llegó. Si es verdad que la vida biológica sigue siendo aunque muy precaria y muy dudosamente posible para la gran mayoría de la población, el sentimiento de fondo de todos es que vida como tal vida, la propiamente venezolana, solo es posible para unos cuantos, los “enchufados”. Esas masas de gente, ahora ya del pueblo, de los pobres y desheredados de toda fortuna, que pasan a diario las fronteras arrastrando sus míseras pertenencias y cargando o llevando de la mano a sus pequeños hijos, ¿de qué huyen y qué buscan? Huyen en último término de la muerte que les acecha en cualquier sitio de su país por el hambre, la enfermedad, el asesino que puede asaltarles a la vuelta de una esquina. No buscan fortuna ni riqueza que muy bien saben no les será fácil. Buscan por lo menos poder sobrevivir porque bien saben que para ellos “aquí no hay vida”. Por la vida, se exponen a cualquier dificultad que haya que soportar: a la humillación de tener que recurrir al auxilio de la caridad ajena, al calor de los asoleados caminos del Brasil lo mismo que a los fríos páramos de Colombia, a días y días de camino, incluso, a veces, al rechazo de las otras gentes que los desprecian como extranjeros peligrosos, invasores. Los revolucionarios idealistas, y creo que sí los hay, cuando proyectan, planifican y ejecutan sus revoluciones, no tienen en cuenta lo que van a hacer con la vida de la gente común, de los hombres del pueblo a favor de los cuales piensan sus proyectos. Todo el cambio que proponen y procuran les parece que solo puede producir mejoras y bienestar. Por eso es tan difícil convencerlos de que se equivocan, de que el bien de los pueblos, si es cierto que no está en la inmovilidad social y política, es sobre todo verdad que no está en los cambios violentos y rápidos, las revoluciones, porque descoyuntan las vidas de la gente y ese es un falso remedio. El cambio hay que hacerlo, pero adecuándose al ritmo del pueblo, respetando su proceso propio de vida, del sentido profundo del vivir, y la vida pone las condiciones que son muy complejas para poder ser vida. El Hombre es un ser de cultura y, antes que todo, espíritu. ciporama@gmail.com

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Proceso de desvenezolanización

La ideología de la revolución radical de tinte socialista que el gobierno trata de imponernos se quiere identificar como la revolución venezolana. Así, con el artículo, porque para sus promotores no ha habido ninguna otra revolución. La independencia tampoco se puede considerar revolución porque hubo cambio de régimen político pero no de cultura, ni de estructura económica, ni de relaciones sociales, ni de manera de pensar en la población, ni de ninguna de las organizaciones realmente fundamentales de la sociedad. Ahora sí, el proyecto es un cambio total tan radical que la próxima Venezuela no se parecerá en nada a la actual; y además se ha de obtener en poco tiempo. Será pacífico si es posible, pero si no, será a como dé lugar. Este es el verdadero proyecto. Para lograrlo, no se necesita ningún consenso democrático, porque ya se sabe que cuando se producen transformaciones de tal naturaleza, no se tendrá la anuencia de la mayoría, ni siquiera de una parte ni significativa de la población porque al producirse modificaciones totales y tan de fondo, la inmensa, especialmente de los sectores populares, poco capaces de calibrar el sentido de las realidades sociales concretas, se sentirá plenamente desquiciada en su forma habitual de vivir. Los verdaderos revolucionarios solo pueden ser una vanguardia que sabe plenamente la real marcha de la historia. Los demás, esto es, la masa, tendrán que someterse a la conducción de esa vanguardia. Y para lograrlo, se necesita disponer de todo el poder dirigido por ella. Es verdad que nunca ni en ningún sitio se ha logrado una revolución de este calibre, como ya he dicho en otro momento, pero eso no es óbice para seguirlo proyectando. Por el momento, lo van consiguiendo. De esta manera diseñan nuestro futuro. No hay que esperar ningún retroceso real. Puede haber paradas, aparentes vueltas hacia atrás, pero solo será para tomar impulso y seguir adelante. No estoy diciendo nada nuevo, pero es frecuente que este verdadero proyecto se nos encubra y desviemos de él la atención confundidos por los más variados acontecimientos los cuales forman parte del mismo proceso puestos ahí en buena parte para desviar el foco de donde debe ponerse. Más que nunca es pertinente insistir en la llamada del Evangelio a vigilar, a estar despiertos y a no dejarnos adormecer por las muchas distracciones que se nos ofrecen mientras no tenemos más remedio que preocuparnos de qué comeremos, de cómo nos curaremos o de cómo llegar al trabajo. El proyecto, pues, es hacernos realmente otros. ciporama@gmai.com

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Política y ética

He hablado en mi anterior artículo de la ética del revolucionario radical, ética entendida como principios básicos sobre los cuales soportar fuera de toda duda una norma de conducta. Hoy voy a exponer lo que de nuestras investigaciones se deduce como la ética ínsita, no necesariamente consciente, en el mundo-de-vida de nuestro pueblo. La ética conforma la manera en que el hombre popular venezolano vive y concibe en la práctica y desde la práctica la política. Lo primero que observamos es que el revolucionario radical se diferencia esencialmente de todos los demás hasta el punto que no puede considerarse como perteneciente al mundo-de-vida popular venezolano. Por exigencia lógica tiene que constituirse como “hombre nuevo” o totalmente distinto pues no comparte en absoluto los significados de ese mundo. Ante todo, la característica más significativa de la manera que tiene el venezolano popular de concebir y relacionarse con el hecho político según sus principios éticos propios es hacerlo al modo relacional, esto es, la política la vive y la concibe como relación afectiva en humanidad, incluso cuando la enfoca desviada hacia fines inmorales, pues no se justifica interiormente en ese caso sino que tiene conciencia de ir contra esos principios. Son las personas y no las instituciones o ideologías lo que condiciona su práctica y compromiso político. Este fondo ético permanece incluso en aquellos que, guiados por preocupaciones de justicia, por un tiempo se desvían hacia ideologías radicales y es lo que les lleva a recuperar esos valores que en el fondo nunca perdieron. Permanecieron como solapados en ellos, es decir, en aquellos líderes revolucionarios que no perdieron su raíz cultural popular y por eso mantuvieron siempre o por un tiempo un largo y angustioso conflicto interior. Ambas posiciones se viven como totalmente contradictorias de modo que la una excluye sin más a la otra. Así pues, lo que hemos encontrado como significado constitutivo del mundo-de-vida popular venezolano está presente no solo en las prácticas de vida de la cotidianidad sino también en el mundo de la política constituyendo la estructura profunda de su posición ética. La cultura raigal, ese modo venezolano de habérselas con la realidad toda, es el verdadero fundamento ético que permanece en nuestro pueblo, y por ende también en sus líderes, el que nos identifica y que nos da sentido. Por eso, hacerse revolucionario radical es desvenezolanizarse, implica identificarse con otro mundo-de-vida, con otra cultura, con otro modo de ser hombre. ciporama@gmail.com

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Revolución y ética

Una cosa es hablar de ética en cuanto sistema de normas humanas de conducta y otra hablar de ética revolucionaria. No son sinónimos ambos conceptos. Eso deducimos de nuestras investigaciones sobre historias y relatos-de-vida de líderes políticos revolucionarios venezolanos de origen popular. Toda ética se sostiene sobre un núcleo central de conceptos y significaciones de los que depende su sentido y por ende el sentido de la conducta que de ellos se deriva. Este núcleo significante es en nuestros sujetos la revolución, a la cual todo principio y toda norma se someten. “Me imagino el dolor de una gente cuando le está viendo los ojos al que te va a meté un pepazo. Si había que hacelo, había que hacelo”. Lo dice Rafael (seudónimo) y lo prueba con varios relatos. Toda ética supone además una justificación clara de una línea de conducta. Rafael la concientiza y la expone: “No es un acto delictivo, es un acto revolucionario, es un acto por amor; el Che lo decía: yo sé que mato pero yo lo hago por amor. Porque hay veces, hay gente que no tiene… hay que raspásela de una vez porque son demasiado viciosas dentro de esta sociedad”. Hemos detectado tres tipos de líder revolucionario, sin embargo: los que son como Rafael, los que se mantienen en conflicto consigo mismos toda la vida y los que no pueden soportar esa contradicción interna y abandonan su compromiso revolucionario. En los primeros encontramos la falta de una experiencia profunda de madre y un padre que les traza un camino de afectividad completamente externo al matricentrismo. En los segundos, la experiencia de madre es fuerte y por eso viven permanentemente en ese conflicto interior entre su cultura popular de fondo y el mundo sobreimpuesto de la política y la ética revolucionaria. Los terceros, viven esa misma contradicción, a veces por largo período de tiempo, y finalmente optan por su cultura de relacionalidad convivencial. La justificación de la violencia, la concepción del otro como enemigo, la ética regida por los valores revolucionarios exclusivamente en el ejercicio de la acción, chocan con la cultura de afectividad matricentrada que permanece en el fondo de su ser. Lo que más impresiona es que la actitud ética del revolucionario radical coincide con la de los malandros que también hemos estudiado. Estos delinquen pero dentro de los significados de la cultura. Los pervierten, los distorsionan pero no los niegan. Los políticos se alejan de esos significados al tiempo que justifican el mismo tipo de acciones. Su conducta pertenece a otra lógica. ciporama@gmail.com

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Revolución y cultura

En estos días Maduro dirigiéndose a militares de alto rango, les ha dicho que deben abstenerse de mantener relaciones con aquellos de sus familiares que no están con la revolución so pena de perder su carrera y todo lo que ella supone. Nunca antes, entre nosotros, se había expresado tan clara y contundentemente uno de los contenidos más medulares de la ideología revolucionaria. En ella, la revolución como concepto, como práctica y como dedicación única, focaliza total y exclusivamente los afectos y las relaciones. Para un revolucionario así, la revolución está absoluta y únicamente por encima de todo. En mi artículo anterior he expuesto muy brevemente la base anclada en lo más profundamente vivido de nuestra cultura raigal. La relación afectiva, y sobre todo con la familia, constituye su esencia humana. La vivencia y sentido de familia es un componente estructural del mundo-de-vida venezolano. Esto lo hemos encontrado consistentemente en todas y cada una de nuestras investigaciones. El análisis de las historias-de-vida de líderes políticos, específicamente de origen popular y actuando como tales en el seno del pueblo nos lo ha confirmado amplia y profundamente. Las relaciones entre adscripción a un partido político en términos de liderazgo y la familia siempre resultan conflictivas pero el líder político popular sabe encontrar la solución a ese conflicto sin perder nunca el fondo de familia, ni el “modo a lo familiar” de comportarse cuando se trata de los partidos tradicionales. En cambio, cuando se trata de un compromiso con una política de izquierda radical las cosas son completamente diferentes. “Es que tú rompes con la familia; se rompe con la familia y hay un alejamiento afectivo y físico; es un asunto de izquierda”, es la confesión de quien en un momento de su vida se comprometió muy a fondo con ese tipo de política. Las historias-de-vida de quienes, siendo de origen popular, permanecen en movimientos de izquierda radical lo atestiguan. La revolución absorbe, y debe hacerlo, totalmente todos los afectos y todo el mundo de relaciones de la persona. En este sentido, la persona de izquierda se sale completa y radicalmente de la cultura propiamente venezolana. Así es como hay que entender lo que ellos llaman “el hombre nuevo”: un sujeto que pertenece a una otredad cultural desde la raíz de su modo de ser humano. El proyecto revolucionario es, pues, un proyecto de desvenezolanización de nuestro pueblo en sí mismo y su mundo-de-vida. ¿Lo lograrán? Nunca lo han logrado. Los pueblos han resistido siempre. ciporama@gmail.com

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Política y cultura nuestra hoy

Quiero entender aquí cultura en su sentido más profundo y más significativo, a saber, evocando a Ortega, como la manera propia que tiene un grupo humano, un pueblo, de habérselas con la realidad. Entendemos la realidad en su más amplio sentido: personal interior, físico-natural y social-humano. Ahora bien, ¿de qué manera los venezolanos nos las “hemos” con toda nuestra realidad, y esto siempre y espontáneamente, o sea, fuera de cualquier reflexión y consciencia? ¿Cuál es nuestra idiosincrasia de fondo? En el Centro de Investigaciones Populares llevamos ya muchos años preguntándonos por eso y nos hemos atrevido a definir al venezolano, el hombre de nuestro pueblo, como homo convivalis, esto es, como un ser humano que se define esencial y naturalmente por la convivencia. El venezolano popular no es una individualidad sino un conviviente. Ello implica la disposición espontánea a la relación con el otro, una relación marcada por el afecto. No por la simple emoción, lábil y transitoria, sino por la profundidad de la posición afectiva ante la vida, duradera y natural. Afectiva no quiere decir amorosa necesariamente. La posición afectiva puede llegar a ser, o convertirse por la educación o las experiencias vividas, en violenta y agresiva. Afectiva no quiere decir irracional pero sí que la razón, y por tanto la individualidad, está más guiada por el afecto que por ella misma. Aquí entra la política, entendida como  gestión de una sociedad. ¿Cuál será, entonces, la política adecuada para nuestro pueblo?¿Cómo gestionar nuestra forma de reunirnos sin que ella desnaturalice lo que nos define culturalmente? Y además, ¿no estará precisamente en la inadecuación de la relación entre política y cultura el trasfondo de muchos de nuestros problemas como nación sobre todo en el presente? La cultura de la que hablamos no es ciertamente una estructura fijada definitivamente e inmodificable. La cultura es histórica y hecha de historia. No solo es cambiable, sino que cambia continuamente. Sin embargo, tiene su ritmo de cambio y no se puede, sin gravísimas consecuencias, introducir las modificaciones que se deducen, racionalmente o no, de teorías o de ideologías, supuestamente más al día, asumidas e impuestas por una vanguardia de sujetos “esclarecidos”. Ir contra el fondo convivencial que nos ha definido hasta hoy, este fondo cultural con el que nos hemos identificado y en el que nos sabemos venezolanos, es pretender quitarnos las bases mismas de nuestra existencia, de nuestro ser y reconocernos como seres humanos. ciporama@gmail.com

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Tener razón

He escrito que no quiero tener la razón pero sí tener razón. Todo esto necesita una mayor explicación. Como ya escribí, tener la razón implica el encierro en un solo punto de vista, en un solo sistema de razones. Tener razón es otra cosa. Es pensar de manera organizada y sistemática pero abierta al cambio, al diálogo con otras razones, a la consideración, razonada, de otras posibilidades de pensamiento. Sobre todo cuando las consecuencias de los razonamientos y opiniones que se han defendido demuestran en los hechos ser  negativas para la persona y para para la sociedad. Lo contrario, el empecinamiento, es caer en el capricho y tomarlo como guía inmodificable de conducta. El capricho es productor de caos. Y seguir el capricho como norma inmodificable, cuando esta afecta a todo un pueblo, es producir el caos general. El extremo de tener la razón es caer en la irracionalidad. El camino de la irracionalidad es asumir las palabras como realidades, las suposiciones como afirmaciones firmemente sostenidas, las fantasías como realidades dotadas de soportes imposibles de cambiar. Lo propio de tener la razón es asumir el pensamiento como una muralla medieval irrompible. Lo peor de todo es cuando no se puede, estrictamente no se puede, salir de esa cárcel mental. En esa noche no hay caminos. No queda otra salida sino barrer con todo falso camino que se nos ofrezca. Y falsos son todos los caminos que en esa espantosa llanura se ofrecen. Aquí estamos hoy en Venezuela. En el caos de la locura. Por mucho que pensemos, por muchas vueltas que le demos al pensamiento, si no encontramos la vía que nos saque de esta irracionalidad caprichosa impuesta por el poder, solo tendremos el caos y al final la muerte del país, la destrucción de la sociedad como espacio posible de convivencia, la incapacidad de producir, desde una teoría totalmente fuera de razón, algo que se pueda llamar humano. Es absolutamente necesario salir del marasmo y encontrar el camino de la racionalidad abierta, de la racionalidad dialogante, de la racionalidad comunicativa, de la racionalidad convivencial. El régimen que nos oprime no lo entenderá nunca precisamente porque él mismo está oprimido por su propia irracionalidad. Todavía podemos unirnos todos los que estamos fuera de él y formar un bloque compacto de libertad de imaginación, de razón y de acción convivida, comunitaria (no comunal), una unión de mentes y corazones para preservar toda la inmensa riqueza de venezolanidad que nos queda viva en medio de tanta promoción de muerte. Todavía podemos tener razón. ciporama@gmail.com

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La dificultad de comprender

Comprender no es solo entender algo, comprender implica penetrar. Entender no va más allá de lograr establecer todas las relaciones de circunstancias que configuran una realidad. Comprender va mucho más allá; es hundir hasta el fondo de esa realidad los recursos de los que dispone nuestra intelecto hasta que salga a la luz y al brillo del conocimiento lo que en ella está oculto y que, sin embargo, da de ella razón. Llevamos demasiado tiempo devanándonos los sesos por comprender lo que nos está pasando y cómo hemos llegado a encontrarnos en esta situación y quizás nos hemos quedado en el intento de entender, de buscar a qué situación se parece todo esto, qué modelo de país o de sociedad pretende reproducir, cómo y con qué otros mundos se relaciona, pero si nos dedicamos a penetrar en el fondo, el sentido, la profunda sustancia de lo que estamos viviendo y sufriendo todos los días, quizás no vamos a encontrar sino el vacío, la desorientación, la inanidad en las mentes de los que aparentan dirigir y generar todo esto, el puro como vaya viniendo vamos viendo. ¿Será así? ¿De verdad no hay fondo, no hay sentido, no hay fines, todo es un azar, un trágico juego con las ideas, con las circunstancias, con las personas, una pura venganza como ha dicho una de sus voceras? Saber que esta razia no produce sino muerte y persistir en ella por la pura voluntad de destruir todo lo que hay de humano en nuestra vida, es una posibilidad. Entonces, el sentido de todo esto sería solo el querer, la búsqueda del triunfo total de la voluntad y por tanto del poder, sin razón ni racionalidad ninguna. Estaríamos, pues, sumergidos en el reino del mal, un reino que no solo es malo, sino maligno, como ha dicho Ovidio Pérez Morales en estas mismas páginas. A los políticos bien intencionados, a los que ejercen de guías en la sociedad, a los que quieren promover la moralidad, la libertad, el bien del pueblo, les pediremos que no excluyan sin más esta hipótesis: la malignidad como objetivo, como práctica constante, buscada, y querida, incluso desconocida como tal, bajo capa de lo contrario. Es muy difícil pensar en la sola voluntad sin objeto, sin fines fuera de ella misma, independiente de lo que se le ocurre al querer. En la historia tenemos ejemplos del querer puro desorganizado, pero también de ese querer, y no otra cosa, muy organizado, a la manera del racionalmente perseguido. ¿No será eso la verdadera revolución: acabar con todo lo que existe por su naturaleza e instalar ahí la pura arbitrariedad, y llamarla novedad, creación? ciporama@gmail.com

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Hasta la vista al final de la tarde

    Supimos en estos predios que hace años, un joven y alegre alemán empacó sus metas, ambiciones y sueños en una caja de pandora conseguida a mitad de un tiempo y fijó su norte en un país lejano, extraño, y así llegó a esta Tierra de Gracia. Traía las herramientas para hacerse un ciudadano merecedor de la estima, del cariño y la admiración de este país; quiso, fue su eterna ambición, no dejar nada dentro de sí y darlo todo, transmitir lo que la vieja academia le había enseñado más lo que la propia y novedosa inquietud le exigía, le reclamaba. Quiso ser el nativo irreverente de pueblos con nombres extraños al principio, luego certezas de su adopción, amparo y entrega a un universo que le abrió la esperanza a su azul mirada y la complementó en el universo de evocaciones que día a día edificaba. Se decía un alemán de Curiepe, pero, y he allí lo sorprendente, no fue jamás un chiste absoluto al paso, no. Quiso ser venezolano hasta el último aliento, hasta el tuétano y con el temor de ver terminar sus días lejos de estos parajes; con la esperanza de hacer país hombro a hombro con los que sentían, amaban y trabajaban por navegar en pos de los futuros posibles. Se diseccionó presentes en los retos, no pocos retos, en los trópicos que hizo suyos y decidió amar. Amó de estas geografías desde sus inmateriales sombras a mediodía hasta la presencia inmisericorde de las pasiones en las mujeres que le dieron sentido a sus días. Fue un torbellino asesino de rutinas, un disloque de sueños imposibles atados al trabajo, al esfuerzo para hacerlos realidad. Fue entonces un compatriota cercano venido de lejos que se vistió de anhelos a nuestro lado y que nos ayudó a forjarlos y hacerlos verdad. Sí, pero no por el azar, los sueños ciertos solo se pueden hacer realidad con el afán, con el estudio, la disciplina y el trabajo. Esa, registramos, fue su enseñanza. Es difícil acostumbrarse a las partidas definitivas y siempre pensamos que la enseñanza y el legado alivian la carga del adiós. ¿La verdad? No hay nada más difícil y definitivo que un adiós para siempre. No hay racionalidad que sustituya esa certeza, simplemente es imposible; por ahí, por esos mundos de Dios, tal vez de Curiepe a La Quebrada, allá por Trujillo, deambula un hasta luego buscando destino, un tal vez pretendiendo reconciliarse con los tiempos, un ser buscando comprender la despedida final a un alemán que quiso ser, porque sí, de estos horizontes. Se dice que el ser obedece y se debe a una obra, a la posibilidad de trascender al tiempo, a su tiempo, y nos advierte la tradición que un hijo, un árbol y un libro tienen la pretensión de conquistar la valía; y los amores, adicionamos, que generamos entre quienes vivimos. El hombre que vino de lejos cultivó y pretendió sus fines y sus amores; es más, en oportunidades, los sufrió en estos rezagos de algas marinas verdiazules que le regalaron las luces del trópico cálido que le dio cobijo a su piel y a su dolor. Hoy eres ajeno a esa tristeza conocida por ti, al engaño de los dioses porque no te dieron el olvido. Hoy vemos que partes sonriente, quizás porque pudiste romper por fin el acertijo. Hoy te despedimos todos, pero no queremos dejarte ileso. ¿Y sabes por qué? Hoy nos queda tu alegría, el dejo azul y blanco atrevido y retador de tu firmeza, la huella perenne de a quienes nos formaste, dentro y fuera de las aulas, donde fuiste el compañero recordado y el orgullo de la exigencia justa y válida. Un ser es la obra de su andadura, más su andadura misma. Un amigo es el tormento de la superación de lo imposible y la posibilidad de la construcción de sueños a cuatro manos. Y un ciudadano es todo eso más la comprensión de su pertenencia a un mundo de iguales. No somos la fortuna que decanta el destino en una vela que solo da rastrojos de su presencia, no, somos la esencia de la vida pretendiendo la gloria del todo como conjunto; es decir, somos un sueño que a veces se hace realidad y que en algún momento tiene que partir y hacerse parte de la historia. No sabemos si despedirte, no podríamos saberlo hoy. Solo tenemos la certeza de que no te veremos en el día a día, de que buscaremos tu opinión y solo nos quedará deducirla de tu recuerdo, tu ejemplo y tu pasión indestructible; pero eso es precisamente lo eterno Heinz, tu recuerdo. Hasta la vista amigo…

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